sábado, 3 de octubre de 2009

Olimpismo geopolítico

Pocos dudarán a estas alturas que los Juegos Olímpicos más que un evento deportivo es un acontecimiento social y un símbolo político, y más viendo el despliegue diplomático de la última elección de sede. Que unos Juegos Olímpicos hubiesen ido a Estados Unidos, sobre todo tras la muestra de soberbia y prepotencia mostrada por Barack H. Obama y esposa pretendiendo que con su sola presencia de 59 minutos en Copenhague los miembros electores del COI se convenciesen para votar por Chicago [1], hubiese sido una vuelta a la expansión del gran imperio americano en contra de toda lógica de la realidad actual. Unos Juegos Olímpicos bien aprovechados suponen un empujón fundamental para el desarrollo de una ciudad y de un país, como se mostró en el caso nuestro de Barcelona [2]. La ciudad cambia radicalmente y el país se puede convertir en un centro importante en su región si consigue mantener la atención del mundo y la fortaleza que da ello. Río de Janeiro y Brasil están llamados a convertir estos Juegos de 2016 en su rampa de lanzamiento definitiva hacia su nueva situación en el mundo del siglo XXI.

La elección de Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos de 2016 supone la reafrmación de la nueva situación geopolítica del mundo, en el que la superpotencia imperial ya no maneja el mundo a sus anchas, sino que aparecen nuevos grandes actores capaces de disputarle regionalmente ese dominio. Primero fue China, ahora Brasil y probablemente Rusia en 2020, unidos a Sudáfrica con su mundial de 2010, y quién sabe si pronto India, Argentina o cualquier otra potencia emergente. El mundo cambia a pasos agigantados y es la hora de las grandes potencias regionales, de un reequilibrio de fuerzas que a mediados de los 90 parecía imposible [3].

Lula da Silva, un tornero sin alma máter, hijo de humildes trabajadores, ha sido capaz de convertir un desastroso país, empobrecido y a punto de la revolución social, en uno de los ejes en los que se moverá el mundo en este siglo XXI. Queda demostrado que Estados Unidos ya no lo puede todo; Obama tampoco.

Felicidades, Brasil. Felicidades, Mundo.

(Foto: El País)
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[1] Más bien, consiguió el efecto fue el contrario. Desde los nefastos Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996 (entre los éxitos Barcelona 1992 y Sídney 2000, para más señas) y las corruptelas de los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City de 2002, Estados Unidos no está bien apreciado por el Comité Olímpico Internacional, y la muestra de soberbia prepotencia ayudó a que los electores que dudasen entre "Chicago sí" y "Chicago no" se inclinasen finalmente hacia la segunda opción.

[2] Bien es cierto que no se puede achacar el desarrollo sólo a ésto, los Juegos Olímpicos de Barcelona sí contribuyeron en buena medida para dar un último empujón a que España se afirmase como una potencia media y dejase de ser un país aislado, sucio y carca, del sur de Europa (casi África) como había sido hasta entonces.

[3] En parte hay que dar las gracias al cowboy George W. Bush, que con su política impositiva belicista dio pie a que nuevas potencias se revelasen contra el Imperio.

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