domingo, 24 de junio de 2012

Oteando el paisaje

Bajo la escasa sombra de un ciruelo japonés por la que trato de guarecerme del sol de justicia del comienzo del verano, con los pies descalzos sobre un césped seco que lleva semanas sin ser cortado, puedo otear el horizonte de la campiña, ahora amarilla del cereal con pequeños puntos verdes del brote de algún maizal o de los campos de girasol, últimamente tan extendidos.

Observo cómo el tiempo y la necesidad del ser humano ha moldeado el paisaje para su provecho. El campo es mucho y ha permanecido inquebrantable alrededor de los poblachos a lo largo de los siglos.  La industrialización burguesa ha conquistado partes de estos campos y ha dibujado en su horizonte fábricas, urbanizaciones, carreteras.

La pequeña ciudad ha ido creciendo a buen ritmo en veinte años. Donde antes había un sembrado de patatas, ahora hay bloques de pisos y solares llenos de porquería que los políticos de turno disfrazan de naturaleza urbana a la puerta de casa. Donde antes había un camino por el que pasaban las ovejas y las cabras con su pastor y su perro, ahora hay una autovía con escaso tránsito. Donde antes los tractores tenían que virar para no caer por las terreras hacia el río, ahora hay un parque tranquilo y descuidado desde donde escribo.

Seguramente empezaremos a darnos cuenta de que el paisaje que ha dominado el horizonte a lo largo de muchos siglos no puede ser radicalmente redibujado en pocas décadas a base de cemento. Seguramente nos estamos dando cuenta de que en los horizontes pictóricos conviven líneas que el ser humano ha ido trazando poco a poco sin medrar las de anteriores épocas. Seguramente nos daremos cuenta de que en pro de un moderno pseudoprogreso no se puede acabar con lo que nos hizo progresar hasta hoy.

Aprovechemos la tierra pensando también en nuestros hijos.

Atardecer primaveral en la campiña desde las terreras del Henares
(Imagen y photoshopeo propios; no soy ningún experto)

jueves, 21 de junio de 2012

Todo lo que sube, baja...

... los dichos populares son así de caprichosos y muchas veces sólo ponen de manifiesto la evidencia que nos muestra la experiencia del día a día. No hice falta saber por qué a Isaac Newton le golpeó una manzana en la cabeza: una pelota lanzada al aire siempre termina golpeando de nuevo el suelo formando una parábola más o menos abierta.

Los montañeros, héroes que desafían los límites de condición humana, precisan que todo lo que se sube, tiene necesariamente que bajarse. Nadie es capaz de permanecer no más de unos pocos minutos sobre la cima de una alta montaña, y resulta necesario volver la base, si no la supervivencia peligra. También son conscientes de que el descenso ha de ser si cabe más cauto y calculado que el ascenso y nunca en solitario, pues el riesgo de despeñarse y morir en el intento es muy grande.

Roma no lo llegó a comprender del todo, ni conocía en el pasado una experiencia de la que aprender. La degeneración moral de sus valores clásicos, algunas epidemias, el cambio climático y desertificación de parte del Mediterráneo, la inestabilidad política, el desinterés y hartazgo de la población por la cosa pública, la incapacidad de contener las invasiones por el norte y la crisis del modelo de producción. Todo esto llevó a una época obscura, de retroceso absoluto del pensamiento europeo y de la búsqueda de un sentido a la existencia del ser humano. En apenas un siglo se derrumbó una magna obra todavía en construcción que había durado hasta entonces mil años y de la que se tardó otros mil quinientos en de recuperar sus cimientos.

Lo que los occidentales llamamos Occidente, vestigios esparcidos de lo que fueron las Grecia y Roma clásicas, experimentó una fuerte revolución cultural, moral, económica y política que lo sacó del más absoluto ostracismo en tan solo dos siglos, eso sí, previo pago de cruentas guerras, berreas patrioteras, mesianismos, avaricias y demás peccata (minuta o hujusmodi, cada cual considere lo que crea). Pero, todo lo que sube, baja, y una pelota que describe una parábola que alcanzó su vértice en doscientos años, puede caer en un abrir y cerrar de ojos, o esos montañeros que con tanto esfuerzo alcanzaron la cima a más de ocho mil metros, pueden perder la vida en un segundo si no tienen la suficiente precaución en el descenso. La diferencia de Occidente con la Roma clásica es que ahora tenemos más memoria para comprenderlo, pero también tenemos menos consciencia para interpretarlo.


Vestigios de Pompeya.
(Fuente: Eventos y lugares de Roma)

martes, 12 de junio de 2012

Lógicas de la economía, para simplificar (I)

1908-1912: Henry Ford andaba buscando cómo aumentar los beneficios de su empresa automovilística, la Ford Motor Company. Leyendo y releyendo se topó con un estudio de un economista de Filadelfia llamado Frederick W. Taylor acerca de la organización científica del trabajo, por la cual una planificación de la producción, la especialización del trabajador y la consecuente producción en cadena dan como resultado un aumento de la producción y el abaratamiento de sus costes. La conclusión a la que llegó Ford fue simple: si se aumenta la producción, se abaratan los costes y se aumenta los salarios de los trabajadores, éstos podrán comprarse un Ford T, por lo que se aumentará la demanda de automóviles, por lo que se necesitará aumentar la plantilla que comprarán más Ford T, por lo que los beneficios empresariales se multiplicarán.

2008-2012: Un empresario europeo cualquiera de cualquier empresa europea se encuentra con una brutal crisis económica que produce una reducción del consumo y una caída de beneficios. Hablando y rehablando con sus compañeros patronos intenta buscar soluciones para seguir maximizando beneficios, o al menos mantenerlos un par de añitos. Su conclusión es simple: la solución pasa por reducir costes, ¿cómo? reduciendo la plantilla de trabajadores a la mínima expresión, y los que quedan, trabajando más por menos salario, y si no le gusta, a la calle que ya vendrá un becario, que sale gratis. Resumiendo: "¡que paguen salarios los demás para que me compren a mí!". El resultado es más simple todavía: el resto de empresarios llegan a la misma conclusión y finalmente el consumo cae porque la gente no tiene dinero para consumir, los ingresos se desploman, las empresas terminan cerrando y la crisis se agudiza hasta convertirse en la más grave de la historia.

lunes, 16 de abril de 2012

Por las calles de Madrid: la de Puñonrostro

Madrid tiene muchas calles, tantas que últimamente los concejales, técnicos de urbanismo o quien tenga la competencia y capacidad, tienen que escudriñarse mucho la cabeza para ponerles nombres. Se busca una lógica (que si ríos, que si escritores, que si ciudades, que si países, que si mujeres...), pero las series de conceptos se terminan acabando, y con ello los nombres.
No ocurría lo mismo hace tiempo, ni siquiera cuando los nombres de las calles eran cosa de la lógica (e incluso el gracejo) del populacho: ahí tenemos las calles del Pez, del Desengaño, de Válgame Dios, Mira el Río Baja o el paseo de los Melancólicos; las calles con nombres de oficios (Libreros, Cuchilleros...), de ciudades cercanas a donde iban las carreteras que hoy son calles (Alcalá, Toledo, Fuencarral, Hortaleza...), y un sin fin que completan el callejero del centro de Madrid.

Entre los nombres más impactantes está, sin duda, el de Puñonrostro. En contra de lo que quizá puedas pensar, este callejoncillo muy cerca de la plaza de la Villa no debe su curioso nombre a una de las fases resultantes del movimiento producido a la hora de dar una hostia en la cara con los dedos bien flexionados y los nudillos bien en punta. Los madrileños siempre han tenido fama de ser muy retorcidos y de adolecer de buen humor a la hora de nombrar a las cosas, pero no llegaban al punto de consagrar su ciudad al noble arte de la pelea (al menos de manera tan directa; sí eran más sutiles otras veces, como el caso de la calle de la Cabeza, dedicada a una vieja leyenda que no voy a relatar ahora pero que sí apuntaré que la melenuda chola -a juzgar por la baldosa indicadora de la calle- era la de un sacerdote al que decapitó su sirviente).

Baldosa indicativa de la calle de Puñonrostro en Madrid.
(Fuente: MadridDeLosAustrias, publicada
en Flickr bajo licencia CC BY-NC-SA 2.0)
Pero no nos perdamos. El callejón, que antes era el de las Carboneras, tiene hoy el nombre que tiene porque aquí estaba la casa de Juan Arias Dávila, señor de Puñonrostro. Apréciese que entonces Madrid no era más que un cogollito de ciudad, pero que ya empezaba a ser una junta de nobles que querían tener influencia en el poder político de la nueva corte de Isabel I de Castilla y Fernando VI de Aragón; de hecho, el señor de Puñonrostro compró la casa a Fernando del Pulgar, cronista de los Reyes Católicos.
¿Pero por qué Puñonrostro, le pegó a alguien? No, que se sepa. La organización feudal de la llamada extremadura castellana se basaba en los señoríos jurisdiccionales donde un señor administraba y sacaba partido a esas tierras como bien gustase, eso sí, acatando unos fueros que en algún momento le concedió el rey correspondiente tras una buena lección de diplomacia, peloteos serviles y una módica suma económica. Y esto se heredaba, como heredó Juan Arias Dávila el señorío de Puñonrostro de sus antepasados, tres antes que él.
Heredó un pequeño señorío en medio de la Sagra que se llamaba Puñonrostro porque así se llamaba la villa de cabecera y de la cual hoy no queda nada, ni la toponimia en los mapas del Instituto Geográfico Nacional. Pero al parecer, en la jurisdicción de este señorío se encontraban los lugares de Casarrubios del Monte, Valmojado y las Ventas de Retamosa, por lo que cabe entender que Puñonrostro puede que se encontrase entre estos tres pueblos hoy de la provincia de Toledo, si no es el nombre antiguo de alguno de éstos.
¿Y quién y por qué tuvo la idea de ponerle tan elocuente nombre al lugar? ¡Pues vaya usted a saber! Echémosle las culpas, por ejemplo, al gracejo castellano.

Continuando con la historia de esta gente, al poco de comprar la casa, Juan Arias Dávila recibió en 1523 de manos de Carlos I (su madre Juana ya estaba entonces encerrada en Tordesillas con una cierta "locura senil", salvo para lo que su hijo le pidiese firmar) el título de conde de Puñonrostro como reconocimiento por haberle ayudado en su lucha contra los comuneros defendiendo el castillo de Illescas y el alcázar de Madrid. La influencia y el favor real que tuvieron los señores (luego condes) de Puñonrostro se ve reflejado en la posesión de dos castillos en la comarca de la Sagra: uno en Torrejón de Velasco y otro en Seseña, que aún conservan el nombre de castillo de Puñonrostro.

Para ir acabando, apuntar solamente que algunos de los sucesivos condes de Puñonrostro tuvieron ciertos papeles importantes en la vida política española, como Juan José Matheu y Árias Dávila, décimo conde, firmante de la Constitución de Cádiz en representación de Granada; o su hijo, Francisco Javier Arias Dávila y Matheu, undécimo conde, que fue alcalde de Madrid en 1864, mayordomo de la reina Isabel II en 1866 y presidente del Senado en 1884. Avatares de la historia, dos liberales de su época.

miércoles, 11 de abril de 2012

Typical nipón

Pongámonos a prueba: yo propongo una palabra y digamos en voz alta lo primero que se nos pase por la cabeza.

Si yo digo... Japón...

Probablemente, entre las tres o cuatro cosas has pensado rápidamente se encuentran el manga, los ninjas y samuráis, los señores bajitos haciendo fotos a señoras bajitas que muestran la V de victoria con los dedos índice y corazón de su mano derecha mientras levantan su pie izquierdo flexionando la rodilla, el monte Fuji, Oliver y Benji, el señor Miyagi, los MP3 (ó 4, ó 5...), el emperador Hirohito, el sushi, el sol naciente, el kimono, Pokémon, la plaza de España de Madrid, las artes marciales, el sombrero cónico de paja y el tempura.

¿El tempura? Sí, el tempura, esos bocaditos de verduras como empanados que ponen en los restaurantes chinos. ¿No son chinos, son japoneses? Bueno, sí y no; veamos.
Rico combinado de tempuras con deliciosa salsa de soja.
(Fuente: Loozrboy, publicado en Flickr bajo licencia Creative Commons)
Corría el siglo XVI cuando, América ya conquistada, el miedo a la selva africana y a los serracenos, los cuentos chinos (literalmente) y las guerras locales secando cada vez más las haciendas reales, la visión comercial de las potencias marítimas del momento, España y Portugal, se expande hacia el oriente, como soñó el mercader Cristóbal Colón siglo y medio antes. Pero esta vez, con la barrera de América, sin canal de Panamá y el océano Pacífico todavía en exploración, se fijaron rutas por el Mediterráneo y el Índico. Rutas que llevaron a la instalación de puertos comerciales españoles y portugueses en varios puntos de la costa suresteasiática, como Malaca, Macao, Cantón (hoy Guangzhou, o algo así), Manila o Nagasaki. Para entender el éxito de la idea baste decir que los avispados neerlandeses, copiando lo bueno y enmendando errores de, sobre todo, los españoles, se pusieron a la carrera pocas décadas después, lo que les permitió reinar en los mares y conquistar la hegemonía perdida por las desgastadas potencias ibéricas.
Entre mercaderes ávidos de riquezas, marineros a su servicio y esclavos presos haciendo de motores del barco, viajaban también misioneros dispuestos a evangelizar salvajes seres de otro mundo, como en América. Más bien, tenían la misión diplomática de hacer una pequeña avanzadilla para convencer a las gentes del lugar de establecer en sus costas un puerto comercial.
Y en esas que allá por 1549, el navarro Francisco de Javier, que después llegó a santo, acompañado por una amplio séquito de jesuitas españoles y portugueses que merodeaban por las Indias, llegó a las costas de la exótica isla de Kyushu. Allí, entre un montón de aldeas de pescadores y tras demostrar unas magníficas dotes diplomáticas, consigue establecer una parroquia católica en una vieja pagoda. Así es como se dio vía libre veinte años después al establecimiento de un importante puerto comercial al servicio de la corona portuguesa en la entonces pequeña Nagasaki (desconociendo, por supuesto, su suerte casi cuatro cientos años después).
Y como el intercambio cultural es riqueza, y muchas veces el comercio no está reñido con la religión, la Semana Santa es santa para todos, se tengan los ojos como se tengan, y el pescado crudo no está precisamente entre los platos favoritos de los europeos, por muy monjes que sean. Así que para las vigilias y los ayunos de la Cuaresma, para darle sabor a los platos sin carne, estos monjes (que de cocina sabían mucho), se propusieron freír los exquisitos manjares nipones, pero con aceite de sésamo, que de oliva evidentemente no había. Observaron que el aceite de sésamo, en ciertas condiciones de elaboración, crea una capa crujiente y sabrosa a la que le van muy bien las ricas salsas de soja tan dadas por el Lejano Oriente.
Al resultado de este frito a base de sésamo, los misioneros cocinillas le llamaron tempura, haciendo referencia al "tempora ad quadragesimae", es decir, al "tiempo hacia la cuaresma". Pero esta palabra no sólo se incorporaró al japonés, sino también a la lengua portuguesa, que desde entonces a lo que en nuestro castellano se llama "condimento", ellos lo llaman "tempero".

Descubrimiento e intercambios culinarios y culturales aparte (no sólo de tempura, sino también de tabaco, otros alimentos o formas de vestir), muy normales en los puertos de paso convertidos en ciudades cosmopolitas como lo era ya la nueva Nagasaki al servicio de la corona portuguesa, al nuevo daimyo (similar a nuestro señor feudal) Toyotomi Hideyoshi, en su afán de unificar todas las prefacturas japonesas que guerreaban entre sí desde un siglo atrás (fuera chistes, este período de la historia de Japón se conoce como Sengoku), le dio por iniciar un período autárquico (tan propio de Japón, por otra parte) y los sucesores shogunatos (a la sazón, gobiernos militares compuesto por sogunes en representación del Emperador) expulsaron, cuando no decapitaron y quemaron, a todo aquel que no tuviese los ojos rasgados hacia arriba o profesase religión occidental. Así, los miembros de la misión jesuita que todavía estaban por allí (entre los que había españoles, portugueses y también japoneses), fueron convertidos en mártires por la Iglesia Católica y algunos elevados a los altares de la santificación, como los buenos de Francisco de Santa María, Bartolomé Díaz Laurel y Antonio de San Francisco (el primer beato japonés; el nombre lo tomó tras su bautismo como cristiano y nada se sabe de su nombre de nacimiento).
El samurái de Hideyoshi y sus sucesores pudo acabar acabar con la vida de estos monjes jesuitas y de los comerciantes extranjeros, pero en la interculturalidad, dando cuenta del vago significado que casi siempre tiene la palabra tradición, los manjares quedaron indelebles hasta la posteridad y se mantuvieron como algo "typical nipón", obviando muchas veces que el verdadero origen de las señas de identidad de cualquier cultura está fuera de ella.
Más tempura de apetitosas verduras con salsa agridulce (de origen chino, no japonés)
(Fuente: Secretlondon123, publicado en Flickr bajo licencia Creative Commons)
En resumidas cuentas (como diría mi abuela), al igual que la hamburguesa "typical american" tiene su origen en los mercaderes alemanes que hacían negocio en el valle del río Ohio a finales del siglo XIX, el tempura japonés tiene su origen ibérico, como el buen jamón.

martes, 27 de marzo de 2012

Ascenso a la Quesera

Hoy tengo una para los amantes de la bicicleta y la montaña. Los "escartines" de turno tienen la oportunidad de ascender todo un puertaco, sin apenas peligro de tráfico, a pocos kilómetros de Madrid. El puerto de la Quesera se encuentra en los confines de la sierra de Ayllón. Desde la cima de sus 1715 msnm, al norte se divisa la amplia Castilla hasta el Moncayo y empezando por Riaza, y al sur la tortuosa sierra de Guadalajara. Por esa tortuosidad voy a proponeros que probéis vuestras piernas durante nada menos que 47 km, una subida digna de una etapa de la Vuelta a España (lo digo bajito para que los tropeles no desmoronen demasiado la naturaleza virgen de estas montañas). 
Aunque se puede iniciar la ascensión desde Majaelrayo y hacer "apenas" 28 km, vamos a tirar la casa por la ventana (y los pulmones por la boca) y comencemos desde Tamajón para hacer otros 18 km auténticamente rompepiernas.
Como características principales a tener en cuenta antes de poner el culo sobre el sillín, cabe mencionar que:
  • se trata de una carretera estrecha y muy curvada repleta de vacas: ¡modo precaución al máximo!; 
  • que los 28 km desde Majaelrayo hasta la cima, además de llevar asfaltado muy poco tiempo, recorre una zona prácticamente virgen sin atisbo alguno de presencia humana, por lo que no hay refugios ni fuentes ni nada de nada más que árboles y profundos barrancos; 
  • que podemos encontrarnos con rampas de hasta el 12%, también de bajada (mola levantar la vista y observar la próxima curvita y la subida que nos espera y pensar que no es el final); 
  • que es conveniente llevar coche escoba que nos recoja tras la ascensión o en Riaza, bien avisado antes porque la cobertura móvil, evidentemente, brilla por su ausencia.

Y para empezar a hacernos una idea, el gráfico de altimetría:

Altimetría Tamajón-Puerto de la Quesera
Fuente propia a partir de cartografía del CNIG, una entretenida hoja de Excel y el incombustible Paint.
Ya tenemos lo básico para iniciar el ascenso, ahora sólo nos falta un poco de voluntad (y cuerpo para ello). Desde Tamajón se sigue la carretera desde la iglesia que hay al final del pueblo, bien indicado hacia Majaelrayo, Valverde de los Arroyos y la presa del Vado. Por cierto, para incordio del concienciado ciclista, durante buena parte del trayecto nos vamos a encontrar con diversos carteles ofreciéndonos suculentos manjares a base de migas y caza en los restaurantes de los pueblos que bordeamos. Precisamos de mayor fuerza de voluntad para no caer en la tentación y librarnos del rico bien.
El camino es un subibaja constante. Obviando a la derecha el desvío hacia Valverde, los primeros cuatro kilómetros se hacen bien y además nos ofrece maravillas como la ermita de los Enebrales y una pequeña ciudad encantada, capricho de la karstificación. La piedra caliza anaranjada de esta zona de Tamajón estaba bien considerada, de tal modo que sirvió para la construcción de gran parte de los edificios del tardogótico y del renacimiento en Guadalajara, como el palacio del Infantado, el palacio de Cogolludo o el cercano monasterio de Bonaval.
A partir de ahí, comienza el vaivén. Fuerte bajada y alguna curva de herradura durante kilómetro y medio. En mitad del descenso se encuentra el cruce con la carretera que lleva a la presa del Vado, cuyo embalse se esconde entre los pinares de nuestra izquierda. Hay que continuar por la derecha hacia Majaelrayo. [Parentesis kit-kat: esto me recuerda que Majaelrayo debe ser de las pocas palabras del castellano donde después de la letra l va una r, y que nos enseña que en tal caso ésta debe ser sonora, como después de n. Si hay algún otro caso igual, que alguien me lo haga saber, sólo por curiosidad].

Prosigamos. Después de cruzar el arroyo del Abad, comienza una subidita bien maja hasta Campillejo, con alguna rampa cercana al 10%, para empezar con ganas. Desde Campillejo hasta Majaelrayo, salvo alguna breve bajada del 9%, la carretera pica para arriba.
Como apunté antes, en este tramo, sobre todo cerca de las poblaciones, es muy frecuente encontrarse vacas. Tranquilidad, no hacen nada, son animales muy insulsos, pero también les cuesta apartarse del camino, así que paciencia.
Entre El Espinar y Campillo de Ranas, a mano izquierda sale la carretera que lleva a Corralejo, un viaje intercontinental por la muralla china (llamada así por su similitud vista desde uno u otro lado). Una carretera que baja serpenteando por el cañón del río Jaramilla y vuelve a subir. Para hacerse una idea, el asfalto queda sustituido por hormigón rugoso, los quitamiedos son conglomerados de lajas de pizarra, que además se encuentran desprendidas por la carretera, y los coches, mejor bajen en primera. O lo que es lo mismo, descender más de 150 m de altura en apenas 900 de longitud; es decir, un 17% de pendiente media con rampas que no me extrañaría que llegasen al 30% (no las he medido, ni quiero).

Majaelrayo es el último núcleo poblado que hay en el camino, por aquello de coger provisiones, llenar las cantimploras y hacer una última llamadita (siempre que se sea de Movistar, y apenas). A partir de ahí, 28 km a la aventura. El pueblo se queda a la derecha de la carretera y la señal indica "Riaza 41". Sí, 41 km hasta Riaza y 36 hasta el siguiente núcleo de población, Riofrío de Riaza. Ahí es nada.
Dos kilómetros más adelante (alante, como se dice por estos lares) se corona esta primera subida iniciada en Campillejo, el Collado Llama, a 1237 msnm. Hay que considerar que tras el primer descenso llegamos a 955 msnm; o sea que se sube 282 m en 14'5 km.

A partir de ahí, breve pero intenso descenso de apenas 1 km con algunas curvejas y rampas de hasta el 10%, antes de iniciar un nuevo ascenso que lleva hasta los Picatos. Las rampas vuelven a empinarse hasta el 8 y el 10% en algunos casos, como los últimos 250 metros. Mientras, unas majadas a orillas del caudaloso arroyo de la Matilla, al principio del ascenso, recuerdan  el viejo oficio pastoril del que han vivido los habitantes de esta angosta región desde hace siglos. La cima, a 1421 msnm después de 5 km, es decir, casi un 7% de pendiente media. Esto promete.

¿Cansado? Pues nada, entre curva y curva, otro emocionante descenso, duro por las fuertes pendientes, la estrechez de la carretera y las cerradas curvas, con un "ligero" ascenso al erial de los Guijarros. El vado que deja el río Jaramilla marca el inicio propiamente dicho del puerto de la Quesera. Hasta ahora, la belleza del paisaje fue impresionante; en adelante, los barrancos y los bosques dejan una estampa de cuento (claro, si hay capacidad de levantar la mirada del manillar).
La subida deja rampas algo menos fuertes que antes, pero más continuadas, y después de 10 km, se llega a la cumbre, a 1748 msnm. Tras un ligero descenso de un kilómetro se llega al límite de las provincias de Guadalajara y Segovia, a 1715 msnm. Desde allí, al norte se divisa la amplia Castilla hasta el Moncayo, empezando por Riaza y el hayedo de la Pedrosa.


¿Cansado? Pues ahora piensa en volver.

lunes, 19 de marzo de 2012

Desde la ventana de una oficina...

...sin mucho que hacer, se divisan las casas bajas de la pequeña ciudad, con sus jardines, sus parques, sus bancos y sus columpios. Dos jóvenes charlan alrededor de una bolsa de ganchitos y dos latas de Coca-Cola, y un tercero lanza una pelota de goma para que la recoja un bull terrier.

Se divisan las calles, entramado urbano a modo de tela de araña. Calles sin vida de la zona nueva de la ciudad, con sus coches pasando expulsando humo del tubo de escape, con cuatro caminantes sin rumbo fijo adonde ir, con el tejido de pasos de peatones y rotondas que se dibujan hasta el infinito final.

Se divisan también los campos ocres alrededor de la ciudad esperando unas lluvias de primavera que no terminan de llegar, surcados por carreteras y caminos, riachuelos y acequias, caseríos y fincas, urbanizaciones que imagino serán, a la par que tranquilas, monótonas y aburridas. En el horizonte, medio escondidas tras la campiña, unas montañas grises azuladas, sin nieve, dibujan formas que entretienen estos ratos apáticos.

Se divisan nubes algodonosas que crean formas en el cielo y tapan de vez en cuando los rayos de sol para dejar una estampa de un marzo frío donde los árboles caducos todavía no pierden su condición invernal. Hace semanas que por aquí no pasa un equipo de limpieza haciendo horas dispuesto a destruir la hermosura de la hoja caída sobre la acera.

Se divisa al fondo, muy al fondo, la gran urbe, la metrópolis económico-política, con su boina negra de modernidad con la que quiere quitarse el catetismo provinciano. Nunca terminará de ser libre del todo un lugar, por muy grande que sea, que no deja escapar de las grandes torres y las anchas avenidas comerciales si no es toda la masa en tropel hacia los mismos lugares a los que conduce la rectitud de una autopista de cuatro carriles con señales que indican bien cuál es el destino. Luego es fácil encontrarse al odiado vecino del tercero, ese que no acude a las juntas y se queja de las cuotas de la comunidad, luciendo lorzas en la tumbona de al lado en la playa de Benidorm. Igual que en la urbe, sigue siendo vecino, pero con menos escrúpulos.

martes, 1 de marzo de 2011

Bonaval

Podría recoger una serie bibliográfica y hacer un resumen de la historia del monasterio de Bonaval, o coger un libro y fusilar párrafos enteros para dar una descripción detallada de sus maravillas, o, en un ataque absoluto de bravuconería y pasotismo senil, copiar de una página web cualquiera. Pero no es intención mía aburrir al lector con datos archirrepetidos hasta la saciedad como una orgía de palabras huecas faltas de originalidad. Prefiero dejar plasmadas nuestras sensaciones de la manera que el alma trata de dictar mientras el corazón marca el ritmo en forma de tambores de procesión.


Porque el monasterio de Bonaval es un lugar tétrico. Cuando cogimos el camino que une Retiendas con las ruinas, el sol acababa de esconderse tras las montañas y desprendía sus últimos rayos antes de fenecer definitivamente, y la gente retornaba deprisa hacia sus coches. Nadie quería ser el último en ver las piedras retozando entre el suelo y el cielo. Quizá por eso nos miraban con satisfacción al cruzarnos con ellos en dirección contraria.

Las ruinas de Bonaval, solitarias, en medio de un profundo hoyo y rodeadas de espesa vegetación, esconden una magia poco agradable. Entre esas paredes sin techo, largos ventanales que no iluminan nada y grandes cúpulas apuntadas sin imágenes que proteger, a la par que el sol muestra cada vez menos vida, la idea de encontrarse en una historia de Edgar Allan Poe es mayor. El escalofrío es la sensación más vana que se puede sentir entre los cuatro muros, también la más habitual. Tan habitual como la admiración a la belleza que todavía, aún envejecida, muestran las vetustas calizas.


El viento silbaba entre las hojas de los árboles y los últimos rayos de sol trataban de crear sombras intermitentes, como si una jauría de espíritus correteasen entre las piedras caídas en el suelo. Eran los últimos instantes propicios para tomar unas pocas fotografías antes de que la tensa calma acabese coiméndome la paciencia. Fotografías hermosas, cautas, muy silenciosas. Se nota que al lugar, triste, no le gusta la soledad, pero la asume. La asume con mucha resignación.

No había más tiempo si queríamos llegar a Retiendas viendo algo de camino. La luna era menguante y tardaría en salir. La vuelta fue muy rápida, sobre todo a partir de que nos cruzamos a un grupo de cuatro jóvenes en dirección contraria. Fue toda una satisfacción.

domingo, 19 de septiembre de 2010

¡Canta, José Antonio, canta!

Caricatura: www.10lineas.com/labordeta

José Antonio, estamos como los viejos árboles batidos por el viento que azota desde el mar, y hoy hemos perdido paisajes y esperanzas en nuestro caminar. ¡Adónde se quedaron las sombras de aquel tiempo, la luz y aquel color!

Ya ves que vamos avanzando, cumpliendo este camino. Pero ¡canta, José Antonio, canta!, que aquí hay mucho que cantar, que este silencio de hierro ya no se puede aguantar. Caminemos hasta el momento en que las manos sea fraternidad, de pueblo a pueblo, de isla a isla, de casa a casa, de ciudad a ciudad; de viejo a joven, de amor a amante, de padre a hijo.

José Antonio, tu ejemplo hace con el futuro un canto de esperanza y poder encontrar tiempos cubiertos con las manos, los rostros y los labios que sueñan libertad. Gracias a tí, José Antonio, seguro que habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad, porque soplas duro, soplas de golpe liberándonos a todos de quien nos oprime.

¿Adónde vas, zaragozano, por esa tierra cercada? Tú, José Antonio, que acarreaste la lluvia, la piedra, el viento, que aserraste la madera, la voz y el hierro. No te quedes en la puerta, entra hacia adentro, que de la cocina, el fuego es tuyo. Quisiera cobijarte en una tierra de montaña, o de ríos, o de dura sierra, viendo como el paisaje surge creciendo de bosques o praderas, carbón o trigo. Sin embargo, hoy siento que ese paisaje que metiste a medias en una humilde mochila, a medias en tu corazón, se ha quedado huérfano.

Arremójate la tripa, José Antonio, que esta es tu albada, la del que se fue, que quiso volver un día pero no pudo ser. Te recordaremos como un árbol sano, como un pájaro en el aire, como el nuevo verano, como un lobo aguerrido, como el hombre con mayúsculas, porque eres paloma al viento, huracanes de luz, vendavales de llanto, ríos de juventud, o tan solo unas manos unidas a tu voz.

Ahora que ya llegaste al mar, José Antonio, déjanos que con tus manos nos unamos a la esperanza de los que siempre creen que la vida se alcanza y pintemos una plaza donde de la violencia sólo queden campanas. Nadie cerrará tus ojos ahora que estás callado.

Te fuiste así, dispuesto a regresar a la casa de tu padre, y ya estás con Miguel y con esa vieja que está sentada junto al hogar acariciando la lumbre. Te fuiste al polvo, humilde y campesino, como una acaricia vieja al borde del camino. Compañero, hasta aquí hemos llegado y nosotros ya te echamos de menos.

Gracias por todo, maestro.



De conciertos

Los Suaves en pleno concierto el miércoles 15 de septiembre.
(Foto con mi móvil, ninguna maravilla)

Un año más llegaron las fiestas de Guadalajara y un año más pasaron. Y como siempre, no se podía dejar escapar los conciertos, de miércoles a sábado, distintos estilos, grupos más o menos de moda, con más o menos tablas, con más o menos caché (a veces excesivamente exagerado). La mayoría fueron pagando, algunos gratuitos, pero se celebraron todos a pesar de las tormentas diurnas y las amenazas de lluvia de la noche.

El miércoles 15 abrió Paloma San Basilio en la plaza de Santo Domingo. Apenas estuve cinco minutos, pero me dio a entender el tirón que merecidamente todavía tiene a juzgar del llenazo en la plaza, pese a que la acústica no favoreció la potente voz de la cantante.
Mientras, en la Fuente de la Niña se preparaban dos grupos de Guadalajara, participantes del último DOG, que telonearon a los míticos Los Suaves. La última vez que les vi, Yosi, el vocalista y letrista del grupo, mostraba una patética imagen de alcohólico, con su botella de güisqui Passport a lingotazo limpio, olvido de letras y equilibrismo en las torres de sonido. Esta vez, parecía bastante recuperado, aunque no sereno, o al menos pudo unir letra tras palabra hasta completar todas las canciones de principio a fin. Eso sí, el espectáculo estaba asegurado, la fuerza de estos viejos roqueros se palpaba en todo el recinto y no defraudaron. Sí se notó que los últimos discos no han tenido el calado que los anteriores a Si yo fuera Dios y el público vibró mucho más con clásicos como Malas noticias, Maldita sea mi suerte, Si pudiera, Dame rock&roll o la incombustible Dolores se llamaba Lola, bastante más agradable en las cuerdas suaves que en las de las orquestas feriantes; aunque se echaron de menos algún tema como No me mires (petición personal). Aún sin ser el mejor concierto de Los Suaves, el espectáculo fue más que notable, mucho mejor de lo que me esperaba. "Dios es Suave".

El jueves casi se le agua la fiesta a Tamara (la de los boleros), pero después de una fuerte tormenta que remojó, y bien, a los atletas de la Milla Urbana y el canicross, la melódica desafió a las oscuras nubes y saltó al escenario de Santo Domingo, algo que se agradece. Otros asuntos me impidieron asistir al concierto, pero pude ver como la gente acudía en masa a agradecer a Tamara su profesionalidad y compromiso.
A las 11 de la noche aparecían en el cartel de la Fuente de la Niña unos tal Fondo Flamenco. Ni idea de quiénes son. Trato de informarme y lo primero que llega a mis oídos es que se trata de una especie de Andy y Lucas rejuvenecidos. Ante esta información dudo si buscar en la Internet algo de ellos, pero finalmente trago saliva, respiro hondo, le echo un par de huevos y me meto en el Youtube a ver algún videoclip suyo. Con algo más de 30 segundos me bastó, no estaba dispuesto llenar mi ordenador de más virus. Y mi sospechas se confirmaron, de repente, a eso de las 10 de la noche, cuando Guadalajara se emprezó a llenar de chonis, yenis, poqueros y toda esa clase de calaña socialmente prescindible. Evidentemente, y como usted, lector, puede comprender, no estoy dispuesto a arriesgar mi vida (y diez euros de mi bolsillo) por infiltrarme a ver de qué iba aquello.

El viernes llegó el plato fuerte. Desde días antes las entradas anticipadas (unas 7500) estaban agotadas para ver el concierto doble de Despistaos y La Fuga. Y es que el concierto tenía miga: Despistaos volvían a tocar en su tierra después de varios años y La Fuga se presentaba sin Rulo al micro y con un desconocido Pedro como su sustituto.
Despistaos trató de ganarse al público desde el principio con el himno del CD Guadalajara para empezar y vestidos con camisetas de algunas peñas de Guadalajara. Y lo hubiesen conseguido por completo de no ser por lo flojo de casi todas sus canciones (sobre todo de 2006 para acá). Pero son de la tierra, ¡qué más da! El cachondeo y la diversión estaba asegurada, y las sorpresas. La primera, con los primeros bises. Los Despistaos se marchan y tras un minuto aparecen unos tipos vestidos con mono naranja. Son LosDelGás, que nos brindan su Feisbuk con todo el buen humor del mundo y con los Despistaos. Todo tenía explicación, LosDelGás tocaron más tarde en el escenario que tiene la peña Caracol en el parque de la Concordia (¡cómo manejan estos caracoles!). Pero no fueron los únicos invitados; también Pedro, el nuevo cantante de La Fuga, les acompañó en un tema, una chiquilla joven que no sé quién es en otro y en Mi nevera, tema de su primer y mejor disco, salieron representantes de algunas peñas a hacer un poco el cabra en uno de los mejores momentos del concierto. El tema les quedó niquelado. El concierto finalmente fue largo y divertido, incluso permitieron que el público cantase Cada dos minutos; lástima que unas canciones tan "poperas" no tengan fuerza, por mucho que lo intenten disfrutando sobre el escenario.
A continuación, La Fuga. Y saltaba primero Pedro, que trató con el público como si llevase toda la vida dando voz al grupo. Y desde luego sorprendió; el concierto que ofrecieron fue sobresaliente y el nuevo vocalista mostró una soltura y una voz que dejó unas sensaciones magníficas. Se metieron al público desde el primer momento y el mismo comentario se reproducía entre los asistentes: "Pues el cantante nuevo me gusta". Otro concierto de más de dos horas, con mucho espectáculo, un público entregado y unos músicos dándolo todo sobre el escenario. Sin duda, el mejor concierto de las fiestas de Guadalajara. Lo peor, la falta de previsión de la organización, que no contaron con las cinco horas entre retrasos, cambios de escenario y conciertos que finalmente provocó que algunos se marchasen y otros se quedasen sin disfrutar de otro de los actos más seguidos de esta semana festiva, los toros de fuego.

El sábado, el chico ese de rizos que da saltos, que algunos han querido meter entre los cincuenta españoles más influyentes de la historia (¡manda huevos!). Pero David Bisbal se vio con dos fuertes oponentes: uno Pereza, que tocó el mismo día, a la misma hora y por cinco euros menos a 15 kilómetros, en Azuqueca, y otro él mismo, que ya empieza a cansar de tanto actuar aquí. Convencido estoy de que dentro de dos años vuelven a contratarle, todo por contentar a las quinceañeras del momento, futuras votantes potenciales, hasta que las arrugas terminen de minar los gallos de su garganta. Evidentemente, con su bochornosa actuación durante la celebración del mundial, con la machacona repetición de sus cuatro canciones en bares y medios de comunicación y hasta las narices de que me intenten vender la chorrada de que es un ejemplo que ha sabido hacerse la carrera a sí mismo (¡ja!, me descojono), tengo mucho más que excesivamente suficiente y no quise ni acercarme por allí cerca no vaya un berrido suyo a destrozarme aún más los tímpanos. Al día siguiente los periódicos abrían, como no, peloteando el concierto del "triunfito" y apuntando después que tuvo menos público que La Fuga y Despistaos (y menos del esperado, ¿por qué no decirlo?).

Todo esto es lo que dieron, más o menos, los conciertos de las ferias y fiestas de Guadalajara de este año. Ahora nos queda esperar otro añito más para disfrutar (o no) de música (o algo parecido) en masa (y de cachondeo festivo).