martes, 28 de abril de 2009

Corriendo

Luego se fue corriendo. Pero corriendo, corriendo, corriendo. No había quien lo pillase.

Un pie delante. Luego el otro. Después el primero. Y otra vez el otro.

Voy a intentarlo yo. A ver, que voy. Un pie. Otro. Espera, que me agarro aquí. ¡Aaaaahora!

¡Uf, qué difícil!

¡Adelante, Manuelín, que tú puedes!. Un pie. El otro. Ahora el primero. De nuevo el otro.

Me cuesta, me cuesta...

Desde luego, para correr de esa manera, mi papá debe ser un gran atleta.

sábado, 28 de febrero de 2009

Inquietante quietud

No puedo dormir. Algo recorre mi cabeza que quita el sueño. No sé bien de qué se trata. O no sé describirlo. Es una sensación extraña, mezcla de angustia y tranquilidad, como si sucediese algo que no sucede. Llevo dos horas apoltronado en el sofá intentando concentrarme en la lectura por ver si por fin se me cierran los ojos. Me es imposible.

Ya que no consigo caer en letargia, prefiero dar una vuelta. Me visto, cojo ropa de abrigo porque el frío arrecia por estas fechas. Es fin de semana y las calles estarán repletas de gente intentando sacar un poco de desenfreno en una semana que exige demasiado esfuerzo. No me gusta el alboroto ni el exceso de ruido. Me agobian las aglomeraciones, me sacan de quicio. Las plazas de la ciudad durante el fin de semana no son precisamente un paraíso para mí. Aún así, necesito fervientemente tomar el aire esta fría noche.

Ya en el ascensor del edificio el vaho surge de mi nariz y de mi boca como el humo del brasero. Sigo sintiéndome extraño. Hay algo que me inquieta, pero no le doy demasiada importancia. Al salir del portal percibo que no hay un solo coche aparcado en la calle. Han debido salir los vecinos de sus casas. ¿Pero todos? Casualidad. O no.

El bulevar también está completamente vacío: ni un solo vehículo aparcado, nadie caminando por la calle, ni un solo ruido, ni una sola luz en la ventana de los edificios. Tan solo yo, la ciudad y el silencio. Siempre he soñado con algo así, con la tranquilidad en las calles. Y en parte me gusta esta situación. Pero también me incomoda, y mucho. No termino de acostumbrarme a esta situación.

El silencio extraña en una avenida como ésta. Los taxis no la recorren de arriba abajo. Los jóvenes no vuelven a sus casas después de tomar unas copas y echar unos bailes. No hay parejas besándose bajo la luz de una farola. Ya no temo únicamente estar completamente solo en un mar de cemento y alquitrán como un velero en medio del océano, me angustia pensar que en cualquier momento pueda aparecer alguien. ¿Quién sería? ¿Qué pretendería? No puedo continuar así. Sin embargo, tengo que continuar caminando, tengo que volver a casa. Miro por todas las esquinas buscando a alguien que no quiero encontrar. Creo que me estoy volviendo loco. ¿Por qué la ciudad está muerta? ¿Qué está pasando? ¿Qué hago yo aquí?

¿No te asusta la idea de estar en una ciudad vacía?


miércoles, 25 de febrero de 2009

Alta velocidad

Aprovechando parte de los trazados de los antiguos y deficientes caminos reales españoles, en el siglo XVIII se comienzan a construir lo que hoy son las carreteras radiales (la mayoría ya convertidas en afortunadas autovías).


Un siglo más tarde llega a nuestro país, de la mano y el bolsillo ingleses, la red de ferrocarriles, que hoy llamamos convencionales (que entonces no lo eran tanto). Eso sí, vía ancha, no se nos vayan a descarrilar los trenes por las montañas[1]. Miedos de los ingenieros de entonces.


A finales del siglo XX comienzan a extenderse los puentes aéreos, que se ven completados con la aparición de las compañías aéreas de bajo coste que te llevan de un lugar a otro de España o de Europa por un módico precio que jamás ofrecerían las grandes compañías (éstas sí) convencionales.


Y por fin el tren de alta velocidad. En España se inauguró en 1992 de Madrid a Sevilla aprovechando la Exposición Universal que se iba a celebrar en la capital andaluza. Son cosas de dos ilustres sevillanos, Felipe González (Presidente del Gobierno por aquel entonces) y Alfonso Guerra (su Vicepresidente), porque lo más lógico hubiese sido inaugurar antes el que uniese la capital de España con Barcelona (segunda ciudad española en casi todos los sentidos –primera en otros-, puerta del país a Europa y sede de los Juegos Olímpicos ese mismo año 1992). Pascual Maragall (Alcalde de Barcelona) aceptó resignado tras escuchar las, al parecer, convincentes razones que le esgrimió el Presidente.


Ya en los primeros años del siglo XXI se van inaugurando en España más líneas de alta velocidad (bajo las majestuosas y expresivas siglas de AVE -¡vuela!-) a Huesca, Barcelona, Valladolid, Toledo y Málaga, además de las ya proyectadas o en construcción a País Vasco, Galicia, Asturias, Valencia y Portugal. Dejando a un lado costes de los billetes para los usuarios, beneficios para la economía del país, etcétera, el AVE, como las anteriores vías de comunicación expuestas en las líneas anteriores, tiene como función fundamental el vertebrar un país (aun con la España invertebrada de Ortega), la comunicación entre sus habitantes que cohesione todas las partes que lo componen. En este sentido, aunque no pretendo centrarme en él en estos párrafos que usted lee (espero que con atención y sin aburrirse demasiado), las razones que da la llamada izquierda abertzale para que no se construya el AVE al País Vasco no es tanto la medioambiental (el avión es mucho más contaminante y degrada más el entorno natural que el tren), como tratan de justificar a veces, como la de la unión que supone con el resto del país. Ya sabemos, como dijo Pío Baroja, que el nacionalismo se cura viajando y que los nacionalistas (todos) temen que el sentimiento patriótico de sus compatriotas (valga la redundancia) se desvanezca en el momento que comiencen a compartir con otros y que se cohesione su querida nación con la de al lado.


Leo en El País del miércoles 25 de febrero de 2009 la noticia titulada Roma impulsa la línea de tren de alta velocidad Turín-Lyon. Reino Unido, Francia, Bélgica y Alemania, es decir, el corazón de Europa, ya está vertebrado por la alta velocidad ferroviaria, y pronto se le unirá Italia, si es que el proyecto no vuelve a estancarse como ha ocurrido hasta ahora. Pronto le debe tocar a España, vía Barcelona por el llamado corredor noreste y vía San Sebastián (sí, vía País Vasco, aunque poco les guste a los nacionalistas vascos la cohesión con Europa) por el llamado corredor norte. Y con España viene Portugal, uniendo dos países que vieron separada por la historia su unión natural.


Las razones para la concreción de una red ferroviaria de alta velocidad a nivel europeo, como dejé claro antes, no son tanto económicas, como apuntó el Ministro de Infraestructuras de Italia, Altero Matteoli[2], sino políticas. En el mundo actual tan globalizado, donde las relaciones internacionales están a la orden del día si un país quiere mantener su supervivencia y la de sus conciudadanos, la capacidad de influencia y de autonomía corre a cargo de los grandes. Todos los países que buscan una hegemonía, ya sea regional o mundial, son grandes potencias demográficas y territoriales (y por ende, vastas en recursos) como Estados Unidos, China, India, Rusia o Brasil. Europa no lo es menos, y si los estados europeos pretenden su supervivencia y su independencia política, social y económica[3] no les queda más salida que la cohesión de todos ellos en una Institución que les represente ante el mundo. Esa Institución, Europa, ha de mostrarse con propia identidad en la cual todos los ciudadanos europeos nos veamos reflejados.


La tesis definitiva que he pretendido exponer en este artículo es que las obras con el fin de comunicar a las gentes de las distintas zonas de un territorio, como la que he querido tratar del ferrocarril de alta velocidad europeo (así como las de las carreteras, los puentes aéreos, etcétera, etcétera), buscan la vertebración necesaria de ese territorio, no sólo en torno al beneficio económico que conlleve, sino también al beneficio social y político dentro del mundo internacionalizado en que vivimos.




--------------------------------------------------------------

[1] Lo de que fuesen más anchos para que no entrasen los franceses a España vía ferrocarril parece más un mito nacionalista que otra cosa. Si no quieres que usen el ferrocarril para invadirte, nada más sencillo que no llevar las vías hasta la frontera.


[2] Altero Matteoli: “… una infraestructura [el proyecto de tren de alta velocidad entre Turín y Lyon] esencial para la economía de los dos países [Francia e Italia] y, en general, de toda Europa”. El País, miércoles 25 de febrero de 2009, página 4.


[3] Un profesor mío siempre decía, exageradamente pero con parte de razón, que en Europa (por la UE) sólo hay cinco Estados: Inglaterra, Francia, Alemania, España e Italia, y que los demás no eran Estados, sino proyectos de ello dependientes de los que lo son realmente. Siendo otro el contexto, esta anécdota la presento como ejemplo ilustrativo de lo que quiero referir.


sábado, 7 de febrero de 2009

Abén matado


Pueblo arrasado,

almas caídas,

lecho quemado,

entes perdidas,

sueño robado,

tierras gemidas,

infiel creado,

noches dolidas,

abén matado.



lunes, 26 de enero de 2009

Retórica

En la polis griega por primera vez se intenta salir de la jefatura y los maestros comienzan a pensar en dialéctica y retórica. La dialéctica es la capacidad de manejar las cuestiones inherentes y que no se pueden cambiar. Utiliza así el silogismo para las circunstancias inherentes de una ciudad. Por su parte, la retórica trata de las contingencias, las pasiones y los sentimientos que influyen en el gobierno de la polis. Los rétores (o maestros retóricos) van a dar solución a estas contingencias en las escuelas retóricas, donde se enseñaba a deducir, y en el gimnasio, donde se enseñaba a trabajar el cuerpo. Aristóteles, en su obra Retórica, expresa la necesidad de cultivar ambas artes como inseparables una de la otra[1]

Así pues, en las tiranías no sobrevive la retórica porque ésta, al tratar sobre los sentimientos y las pasiones de la gente, en cuanto hay un menor miedo ya no hay posibilidad de pensar y de realizar, en consecuencia, un buen juicio. Los regímenes dados desde la Edad Media han desprestigiado la retórica y se han basado únicamente en la dialéctica.

La democracia ateniense

En la polis griega surgió el ejercicio de la isegoría, es decir, la conversación entre varios en la que todos se dan entre sí un nivel elevado. Con la isegoría se comienza a hablar del nomos, es decir, de las leyes y las normas. En ese momento surgiría la isonomía, o lo que es lo mismo, los ciudadanos de la polis comenzarían a darse sus propias leyes, a gobernarse a sí mismos.

Es aquí cuando aparece el zoon politikon (el animal político, el ciudadano). La libertad y la democracia que surge con la isonomía da, mediante la ciencia de la polis (la ciencia de la política), la posibilidad a los maestros retóricos de enseñar a los que se incorporan a la polis.

El ejercicio de la retórica

En la democracia griega se distinguían dos formas de diálogo. Por un lado, el diálogo socrático, donde uno omnipotentemente habla porque lo sabe todo y los demás acatan al pie de la letra. Por otro lado, en el diálogo retórico habla el que tiene algo que decir, sin árbitro ni director, como mostraron Publio Cornelio Escipión cuando reunió al pueblo civil para defender la libertad y la democracia frente a un mejor preparado ejército de mercenarios, y Moisés ben Sem Tob en El Zohar o Libro del esplendor[2]. A estos dos se les unió el diálogo de uno en uno introducido por el cordobés Maimónides en el siglo XII e incorporado al psicoanálisis por Sigmund Freud.

El gran rétor fue el calagurritano Marco Fabio Quintiliano, que en el siglo I e.c. enseñaba el arte, la ciencia y la política a los nuevos ciudadanos. Quintiliano habla del orare concisa de la dialéctica como el puño cerrado, y del orare perpetua de la retórica como la mano abierta, el arte del bien decir que parte del silencio[3]. Mientras la orartio concisa es la transmisión del conocimiento, la oratio perpetua supone in foro interno continuar pensando en aquello que fue transmitido mediante la dialéctica.

El orare retórico consta de esta manera de tres fases consecutivas: primero, la inventio, donde se tiene una idea (la teoría); después, la dispositio, donde la idea se transforma en un lenguaje (la técnica), y por último, la elocutio, es decir, la transmisión de esa idea transformada en lenguaje (la práctica). En la Edad Media se sustituyó el orare retórico por el sermo (hoy llamado discurso), quitándole la inventio, la fase preverbal, o sea, el pensamiento.

En este punto cabe distinguir entre hablar (loquor) y decir (dicere). Mientras que hablar es únicamente pronunciar palabras, para decir hay que transmitir algo a través de esas palabras, supone conmover los afectos y sentimientos del interlocutor. Ni falta hace mencionar que en el orare retórico decir es imprescindible, mientras que en el vacío sermo el locutor tan solo habla, reproduce como una casete grabada un discurso ya realizado sin transmitir sentimiento.

La retórica hoy

Como líneas más arriba se comentó, desde la Edad Media hasta hoy los regímenes políticos se han basado únicamente en la dialéctica, en el puño cerrado que decía Quintiliano, en la oratio concisa, en el sermo, desprestigiando la retórica hasta tal punto que hoy se usa más este término para referirse a “sofisterías o razones que no son del caso”[4]. En los tiempos que corren se hace cada vez más necesaria la isegoría, la oratio perpetua, el dicere, la retórica como el “arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover”[5]. La democracia queda tullida en la dictadura del discurso. Nosotros, los ciudadanos, tenemos que volver a hacer de la práctica de la retórica, la piedra angular del mundo democrático, porque en la democracia somos nosotros los que pensamos y no los que entregan esa bendita capacidad a los formuladores del discurso.

Recuperemos el buen juicio.

--------------------------------------------------------------

[1] ARISTÓTELES. Retórica (Trad. Quintín Racionero). Ed. Gredos. Barcelona, 1995.

[2] MOSIÉS BEN SEM TOB. Zohar: libro del esplendor. Azul ed. Barcelona, 1999.

[3] QUINTILIANO, Marco Fabio. Sobre la formación del orador (Trad. Alfonso Ortega Carmona). Publicaciones de la Universidad Pontificia de Salamanca. Salamanca, 1999. Tomo I, libro II.

[4] Cuarta acepción de retórica en el Diccionario de la Real Academia Española, vigésima segunda edición. Ed. Espasa. Pozuelo de Alarcón, 2001.

[5] Primera acepción de retórica en el DRAE, vigésima segunda edición. Ed. Espasa. Pozuelo de Alarcón, 2001.


sábado, 20 de diciembre de 2008

“Progres” de boquilla, retrógrados de corazón


El ejercicio de la retórica se muestra como elemento fundamental de la democracia. Esto es que la convivencia se basa en el mutuo respeto de los individuos, y el ejercicio de la comunicación ha de hacerse con libertad y en condiciones garantes de recepción mutua en el intercambio de ideas y pareceres por parte de los intervinientes.


Esto ha quedado en entredicho por algunos retrógrados y reaccionarios en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid. Una facultad autoproclamada “Progresista y abierta” por casi todos los que la integramos.

El miércoles 3 de diciembre de 2008 a las 11:30 horas estaba convocada una conferencia por parte de Josep Piqué, exministro de Asuntos Exteriores entre 2000 y 2002 en el Gobierno de José María Aznar (PP). La conferencia fue organizada y respaldada por los profesores, Enrique Curiel, Julián Santamaría y Patxi Aldecoa (Decano de la facultad), nada sospechosos de afinidad con el conferenciante, y quiso ser escuchada por profesores y alumnos que formamos parte del ambiente universitario de esta facultad. Pero no por todos. Algunos (retrógrados y reaccionarios) quisieron dejar constancia de su falta de civismo y de espíritus democrático y republicano (en sus sentidos más clásicos y puros) impidiendo el lógico transcurso de la conferencia y, posterior, turno de preguntas y debate (que no sé si llegó a celebrarse porque quien se desahoga con ustedes decidió abandonar el salón de actos entre el cabreo y la vergüenza ajena sentida). Durante casi toda una hora la conferencia quedó reducida a un enfrentamiento entre quienes vociferaban interrumpiendo el lógico funcionamiento de las exposiciones y quienes defendíamos la libertad de expresión ante su ultraje por parte de esos “progres” de boquilla y retrógrados de corazón.

Luego resulta que aparecen en los medios de comunicación imágenes y comentarios acerca de la imposibilidad de expresarse en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM, y que, como consecuencia, nadie quiere (se atreve) a expresarse allí (¡una Universidad!) por miedo a recibir insultos y represalias. No es de extrañar que así sea viendo la oligocracia que unos pocos retrógrados y reaccionarios pretenden imponer en un centro universitario al que quieren llamar “progresista y abierto”. A eso se dedicó el fascismo y en eso basó parte de su ideario: en callar las bocas de quienes no sean considerados afines.

No es que uno comparta ideas con Josep Piqué (más bien me encuentro más cercano a sus antípodas ideológicas), ni que sea condescendiente con su actuación política (todo lo contrario, soy de lo más crítico), pero uno cree que en el respeto al otro, pues es principio básico para la discusión y la convivencia; es virtud cívica.

Y hago propia una de las frases lanzadas a los vientos por los retrógrados y reaccionarios: “le llaman democracia y no lo es”. “Es fascismo”, añado yo. ¿Qué ciencia política y que sociología van a poder hacer estos aprendices de dictadura?


Publicado en Tribuna Complutense el 9 de diciembre de 2008

martes, 21 de octubre de 2008

Sigüenza




Una ancha carretera que se despega de la general recorre entre campos y montes hasta divisar la ciudad en toda su grandeza. Abajo, el valle del Henares; en el centro, la Catedral, y en lo más alto, el imponente y palaciego castillo. Sigüenza es una de esas ciudades que despliegan todo el olor de la historia que contienen aquéllas tierras. Como en los más clásicos cuentos, por Sigüenza pasaron batallas, héroes, caballeros, princesas y, sobre todo, obispos. Porque la que ha marcado la historia de la comarca seguntina y la mayor parte del patrimonio que en ella se levanta es la administración señorial del obispado que allí se asienta desde la conquista de los cristianos por parte de, según cuenta la leyenda, el monje guerrero Bernardo de Agén para ampliar las pertenencias de los reyes castellanos, dinastía encabezada por entonces por doña Urraca.

Al entrar en la ciudad nos acoge un fresco parque lleno de álamos que dan sombra al paseante y refleja la viveza gentil con la que uno se encuentra al llegar aquí. De la zona baja parten dos calles hacia arriba que nos llevarán de paseo po r la historia: la que dicen del Humilladero y la dedicada al historiador Manuel Serrano Sanz, que enlaza directamente con la plaza de las Ocho Esquinas y con la Mayor. Sabemos de lo empinadas de las dos cuestas; aún con ello presente decidimos tomar la primera, que recorre extramuros la parte más antigua de la ciudad hasta el castillo. Subiendo por esta cuesta uno siente como si no pudiese pasar al interior de la cercada ciudad. Las casas siguen el trazado de la antigua muralla medieval, incluso en uno de los edificios todavía se alza uno de los torreones vigía, el que llaman del Peso. La fuente de Valencia ofrece agua fresca para seguir intentando la empresa, y al llegar al arco del Portal Mayor uno se imagina cuántas personas habrán quedado a sus hoy desaparecidas puertas sin poder descubrir los encantos seguntinos. La constante cuesta concluye bajo el majestuoso y, a la vez, austero castillo, lugar de inicio de la civilización de estas tierras desde épocas remotas. La villa romana, la ciudadela visigótica, la alcazaba andalusí y el castillo de los Obispos de Sigüenza. Sus fuertes muros poblados de almenas, sus torreones, su patio de armas, sus salones y la celda donde estuvo presa Blanca de Borbón han visto pasar dos mil años de Historia en uno de los más importantes centros de comunicaciones de la península Ibérica.

Cerca del castillo, bajando por la calle que llaman de San Juan, se encuentra la soportalada plazuela de la Cárcel, conjunto que sorprende sobre todo por su amplitud en contraste con las callejuelas por las que se accede. Por aquí se han visto pasar a los reos y se han comprado los productos que ha dado las tierras del abadengo.

La estrecha Travesaña Alta nos conduce en escasos metros hasta el palacio de los marqueses de Bédmar, más conocida como la casa del Doncel, casa familiar de Martín Vázquez de Arce, el joven Doncel de Sigüenza que murió con tan solo veinticinco años en la guerra de Granada. Un fuerte torreón almenado de tres plantas, estrechas ventanas y varios escudos que dan cuenta de sus inquilinos. Enfrente, la iglesia de San Vicente, erigida en honor al santo que celebraba su onomástica el día que fue conquistada por los cristianos, un frío 22 de enero de 1124.

Camino de la calle Mayor nos recibe la iglesia de Santiago. Desde allí ya se contempla, cuesta abajo, la fachada lateral de la Catedral cisterciense, con el cimborrio, el rosetón, la torre del Gallo y la puerta del Mercado o de la Cadena presidiendo. La calle Mayor es estrecha y empinada hasta llegar a la amplia plaza Mayor, soportalada por dos flancos, la del Ayuntamiento y los adyacentes hasta la puerta del Toril, y destacando la avistada fachada lateral catedralicia. La Catedral, románica de transición al gótico, tiene aspecto fortificado, con almenas en sus cumbres. El interior es amplio, no tanto como otras del estilo, en donde destacan las sacristías, los altares, las capillas, las portadas, el presbiterio... rincones, rincones, rincones... y, como no, la escultura sepulcral de Martín Vázquez de Arce, el Doncel.

Con la Catedral llegamos al fin del viaje. Ya sé que quedan muchos recovecos por disfrutar, pero Sigüenza no se visita en un día. El arte y la historia hace parar a uno y recrearse mucho tiempo en tan monumental belleza.

sábado, 3 de mayo de 2008

Sobre los trasvases al Levante y a La Mancha


¿Hasta cuándo estamos dispuestos a aguantar? Desde luego no hay provincia más rentable para una comunidad autónoma que Guadalajara para la llamada Castilla - La Mancha. Los embalses de Entrepeñas y Buendía están a día de hoy al 17,25 y al 10,74% de su capacidad (según los datos de 29 de abril de 2008 del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino). Durante casi tres décadas se ha estado trasvasando agua del Mar de Castilla al Levante español y a La Mancha a destajo. A cambio, el Gobierno de Toledo ha estado recibiendo cuantiosas compensaciones económicas; dinero que desde luego no ha llegado en suficiencia para paliar los daños que el trasvase Tajo-Segura ha generado en poblaciones alcarreñas ribereñas del Tajo. Mientras los pueblos manchegos reciben fuertes inversiones en carreteras e industria, que sin duda les facilitan un desarrollo espectacular, la provincia de Guadalajara (a excepción del corredor del Henares) sigue en un subdesarrollo constante con respecto a éstos, a demás de una perdida continuada de población en muchas comarcas por falta de inversiones sin que el Gobierno regional ponga solución al problema. En definitiva, Guadalajara dá a Castilla - La Mancha lo que nunca ha recibido de ella.


Llegados a este punto me formulo una pregunta: ¿Qué sería de la economía manchega sin el regalito de Guadalajara? Desde luego que sufriría un declive importante, como lo sufren los pueblos alcarreños ahora. ¿Nos merecemos esto los guadalajareños? Pues parece que nadie pone solución a este engorro de ser el chollo de los manchegos; todos contentos con ser los sirvientes de una región de la que no estamos identificados y que no nos ofrece nada. ¿De qué nos sirve ser castellanomanchegos? Simplemente termino diciendo que si hablan de solidaridad, la practiquen, y que el desarrollo llegue a todos por igual, no para unos pocos privilegiados.

viernes, 4 de abril de 2008

El hombre viejo de ojos tristes y sonrisa amable


Nunca faltaba a mi paseo matutino por las calles de la ciudad, bien para ir a trabajar, bien por simple placer. La calle Mayor era de paso casi obligado. Y en mitad de la calle Mayor, una plaza. Y sentado en uno de los poyos que rodean el jardín de la plaza un hombre viejo. Apuesto y gallardo; alto, delgado; vestido de traje, bien conjuntado con un precioso sombrero italiano negro adornado por una larga pluma de halcón; siempre con una sonrisa en la boca, pero una acusada tristeza en los ojos delatando una vida nada fácil.


Siempre estaba allí. No faltaba ningún día, si el tiempo acompañaba. Unas veces dando de comer a las palomas que se prodigan por el centro urbano, otras leyendo un libro. Y un libro de antología poética de Miguel Hernández leía un buen día que, sin prisa ninguna y sin cosa mejor que hacer, decidí acercarme a él con curiosidad, por charlar y pasar un poco la mañana.

-Buenos días tenga usted –le saludé.

-Muy buenos días –me dijo en un tono amable y complaciente dedicándome una sonrisa. Aún así me fijé todavía más en sus tristes ojos. Había algo ahí que daba a entender sufrimiento, y no precisamente por lo que estaba leyendo.

-Preciosa poesía la que escribió Miguel Hernández.

-Mucho. Está llena de fuerza, de sentimiento. Trataba la palabra como nadie –la mezcla de la amabilidad que mostraba en sus palabras y la tristeza de sus ojos se reafirmaba en cada una de las palabras y de los gestos que con ellas hacía.

-“La casa sola y sin nadie./ Mi almohada sin aliento./ La guerra, madre: la guerra” –me acordé de los versos que el poeta dedicó a la crueldad de la guerra.

-“La vida, madre: la vida./ La vida para matarse” –replicó con cierto tono risueño, siempre con la amabilidad que parecía caracterizarle.

-Paso todos los días por aquí –decidí cambiar radicalmente de tema, no quería pillarme con el del libro pues lo leí hace mucho tiempo y no sé si me hubiese acordado muy bien de algunas cosas- y siempre le veo bien dando de comer a las palomas, bien leyendo un libro. Me resulta usted un tipo curioso.

-Jajaja. ¿Curioso? Jajaja –la risa era corta y disimulada, pero sincera. Lógicamente a cualquiera le hace gracia que venga alguien por las buenas y le diga amablemente que es un tipo curioso.- Si, la verdad es que no soy el arquetipo de persona que suele encontrarse muy a menudo por la calle. Vestir de traje y sombrero no es muy usual, no. Al menos de diario.

-Desde luego que no –le contesté con gracia.

Se hizo un silencio entre los dos que duró cinco o seis segundos, tiempo en el que me pude volver a analizar sus ojos. Me seguía impresionando la acusada tristeza que mostraban.

-¿Sabes, joven? –rompió el silencio –hoy tenéis posibilidad de vivir muy bien desde pequeños. Y eso tienes que aprovecharlo, porque no tendrás otra oportunidad como esta. Cuando yo era un mozo de tu edad la vida no era tan sencilla.

-Desde luego que sus ojos lo denotan –no pude callarlo.

-¿Se nota?

-Si, desde luego que si. O, mejor dicho, lo he notado yo, que me fijo mucho en esas cosas. Pero ¿cómo fue su vida para que hoy sus ojos delaten esa tristeza?

-Ya te digo, joven, que nada fácil. Yo provengo de una familia con tradición hidalga y burguesa centenaria. Gente rica y de poder, pero siempre con las típicas rencillas familiares, a veces fuertes y sonadas. Somos famosos en la ciudad precisamente por esas disputas entre hermanos por temas de herencia. Esa familia es por parte de mi padre, Francisco, un hombre muy religioso, estricto, austero, llevado por alegorías y emblemas. Un hombre trabajador, si, pero a su manera y empeño, con egocentrismo y de fuerte mando; para él era un orgullo pertenecer a una familia destacada por su hidalguía.

>>Mi madre, Libertad de nombre, sin embargo venía de familia humilde y trabajadora; hija de un obrero empleado de mi abuelo paterno, de la cual se enamoró mi padre. Es normal que se enamorase de ella, era muy guapa, preciosa; amable y dispuesta a ayudar a quien se lo pidiese; siempre dispuesta para todo, muy abierta y de buen trato. Y muy inteligente y culta.

-En eso usted es su vivo retrato.

-Si, eso es cierto no lo puedo negar. Leía mucho. Soñaba con una gran biblioteca en su casa, pero mi padre nunca se lo permitió. Decía que eso no era de provecho, que era tirar el dinero. Que su familia era lo que era no por leer “pamplinadas”, como él solía decir, sino por trabajar por su rey y sacar fruto de la inversión de la gran herencia histórica que su familia obtuvo a lo largo de los siglos.

Se veía que tenía una gran admiración por su madre y un cierto odio a su padre, pero no me parecía suficiente motivo como para que sus ojos denotasen esa tristeza. Sin embargo, el viejo hombre empezaba a emocionarse mientras recordaba su infancia. En un principio parecía que iba a guardarse lo que estaba rondando por su cabeza, pero no tardó en soltarlo de tal manera que no podía guardárselo.

-Mi madre –prosiguió -se veía cada vez más acorralada ante la testarudez de mi padre. Fue ella quien empezó a criarnos a mi hermano y a mi.

-¿Su hermano? ¿Tiene un hermano? –pregunté con sorpresa.

-Si, mi hermano José. Éste si salió a mi padre.

Se le notaba cierta antipatía al mentarle. Al parecer las abismales diferencias entre los padres habían pasado a los hermanos.

-Como decía, –continuó -fue mi madre quien nos crió desde el principio. Mi padre se pasaba el día “cumpliendo con la patria”, como aseguraba jactándose, o en la taberna arreglando el país. Cuando volvía a casa, todos firmes. Sin embargo, cuando él faltaba mi madre si nos educaba. Nos enseñaba los misterios de la vida. leíamos a los poetas del 27, Aleixandre, Lorca, Miguel Hernández; a los grandes clásicos como Shakespeare o Cervantes. De vez en cuando nos llevaba al cine para ver las películas de estreno. Nos quiso inculcar unos valores de libertad y de respeto. Era una ilustrada en toda regla y era lo que quería que fuésemos nosotros.

>>Pero alguien le debió dio la voz de alarma a mi padre. Una tarde llegó más pronto de lo normal a casa muy cabreado y sin pedir explicación comenzó, primero, a vocear primero a mi querida madre –comenzaba a emocionarse más mientras lo contaba, brillándole los ojos más de lo normal –y, seguidamente, a golpearla a mano abierta y de manera muy violenta. Mi madre gritaba, taire tras taire, aún sabiendo que eso no le iba a servir de nada. Conseguía zafarse, pero su verdugo, y nuestro verdugo al fin y al cabo, conseguía alcanzarla quitándose el cinturón y latigueándola con ello, con saña, con violencia. La gente lo estaba viendo por la ventana desde la calle, pero nadie hacía nada. Todos hacían la vista gorda. Mientras, nosotros, los dos infantes, escondidos tras la mesa asustados viendo como mi madre era vejada por mi padre que, sin remordimiento alguno, seguía castigándola con aquel cinturón de cuero.

>>Así, entre insultos y golpes, estuvo aquel hombre maltratando a mi madre sin cesar hasta que ésta cayó sangrante en el suelo sin poder mover ni siquiera un dedo de la mano. Esa noche mi madre durmió en el patio de la casa, sobre el barro que propició las lluvias del otoño, sin moverse. No pude dormir traumatizado por lo ocurrido. Me quede mirándola toda la noche desde la ventana de mi habitación. Al alba vi como se empezó a levantar, no sin dificultades, tras recuperar el conocimiento. Tan deprisa como pudo, y con el mayor sigilo que los mareos la permitían salió de la casa huyendo hacia no se sabe donde. Sólo sé que tomó camino de la estación.

-¿Nunca volvió a saber de ella? –me interesé mientras mi mente seguía consternada por la historia.

-Si. Al huir mi madre, mi padre nos internó en un colegio jesuita de Madrid, del cual de decía que era el mejor de todo el país. Una mañana, cuando me acercaba a la mocedad, recibí noticias del padre de mi mejor amigo de la infancia que trabajó con mi abuelo materno en la fábrica hasta que éste se trasladó a Valencia. Al parecer allí estaba mi madre, viviendo con él, en una pequeña de una barriada de los alrededores de la ciudad. Sin mucho pensar, y antes de que mi padre volviera a casa preparé una maleta con cuatro trapos y algo de dinero, despisté a la criada, y fui corriendo a la estación a coger el primer tren en busca de mi madre. Cuando llegué a Valencia estuve tres días vagando por sus calles y arrabales hasta que di con la casa donde se encontraba. Reconocí a mi abuelo llorando apesadumbrado. Mi madre se hallaba tendida en la cama. Se había acabado. Murió sin poderme despedir de ella.

Se estaba aguantando las lágrimas. A pesar de los años que habían transcurrido sus ojos todavía delataban esa pena por su madre, por su querida madre. Me interesé por su vida desde entonces.

-La pasé en Valencia hasta que me enteré de la muerte de mi padre, que volví aquí, ya sabiendo que él no me podía hacer nada.

-¿Y su hermano? ¿Sabe algo de él?

-Sólo sé que tiene el mismo carácter y la misma mentalidad que mi padre. Intentó quedarse con mi parte de la herencia pero el juez intervino en el reparto. No quedé muy contento yo, menos es nada. Al menos mis hijos pueden vivir bien, aunque les importen poco quiénes son su padre y su abuela y de dónde vienen. Son muy independientes.

Se hizo tarde y el calor del mediodía empezaba a notarse. Le mostré mi gratitud por esa mañana, devolviéndomela y deseándome suerte en la vida. Me levanté, le di la mano y comencé a alejarme. Sólo había dado dos pasos cuando me surgió una última pregunta.

-Perdone, no me ha dicho su nombre.

-Me llamo España, Liberto España.

lunes, 24 de marzo de 2008

Carril deprimido, o deprimente. Noticias que hablan solas y no dicen nada


Uno se levanta por la mañana, lee las noticias y piensa que algunos políticos e informadores le toman por tonto. Leo en La Tribuna de Guadalajara de hoy una noticia que titula "Los atascos de entrada a Guadalajara por la N-320 están lejos de solucionarse". La noticia, de primeras, se prevé interesante. El susto llega con la entradilla: "Fomento ha adjudicado la construcción de un carril deprimido a la altura del Hospital, lo que sólo aliviaría el problema hasta la altura de la glorieta de Cuatro Caminos". Bien, vale. Y ahora uno piensa ¿qué es un carril deprimido? Uno continúa leyendo la noticia y vuelve a encontrar dos referencias al susodicho "triste" carril: en una el propio periodista comenta reproduciendo las palabras de Juan Pablo Herranz, subdelegado de Gobierno en Guadalajara, y otra, las palabras del propio Herranz a continuación: "El subdelegado de Gobierno en Guadalajara, Juan Pablo Herranz, explicó a La tribuna de Guadalajara, que el problema de los vecinos de estos municipios para llegar al Hospital se va a solucionar en unos meses con la construcción de un paso deprimido a la altura del Hospital. «Los vehículos que vengan de Sacedón pasarán por un carril deprimido y la entrada del Hospital se conserva, de esta manera no habrá problemas a la entrada del centro hospitalario», indicó Herranz". ¿Paso deprimido? ¿Carril deprimido? ¿Qué es eso? En la noticia ninguna explicación. Lo dan por sabido. Ninguna noticia más al respecto en ningún otro periódico de la provincia (al menos en su versión digital). Ya veo las tertulias de esta semana en un bar cualquiera de Sacedón: "Manolo, ¿has visto lo del carril deprimido ese?". " Algo he oído, si". "¿Y qué te parece? ¿Qué es eso, tu que entiendes de coches?" Y tratará de explicar lo que ha entendido de leer esas dos palabras juntas. El resultado, un diálogo de besugos para matar el tiempo.

Busco en el famoso buscador Google y sólo aparecen tres referencias sobre el carril deprimido, que encima se encuentran en la misma situación que esta noticia, no dan ninguna explicación sobre su significado. Busco paso deprimido y ¡por fin! Un montón de noticias de periódicos digitales latinoamericanos que dan cuenta sobre la construcción de un famoso paso deprimido en sus respectivas ciudades. En ninguna explica exactamente lo que es, pero al menos se puede deducir que se trata de una especie de carril especial de incorporación en desnivel, por lo poco que he entendido.

Lo que parece claro es que el político ha querido dárselas de sabio con el hecho de introducir una palabreja nueva en nuestras conversaciones y que el informador no ha puesto el más mínimo interés por preguntar o informarse sobre a qué se refería el señor Herranz con eso del carril deprimido. En fin, que uno se deprime ante estas cosas.