lunes, 4 de enero de 2010

Londres

Londres es una ciudad majestuosa, multicultural, que combina a la perfección ese clasicismo victoriano del siglo XIX con la modernidad hasta los extremos más exagerados del consumo, la abundancia, las masas de gente por la calle Oxford y millones de kilowatios derrochados en las luces. Es el templo de las chuminadas, donde todo el mundo es feliz por el hecho de comprarse de recuerdo una taza con la bandera británica y la inscripción mind the gap tan propia del metro (underground) londinense.

Dos viajes en un mes a la capital de la antigua Albión, pérfida o no, dan para poco en la realidad, pero para mucho en los detalles. No es una ciudad excesivamente cara, salvo si pretendes dejar aparcado el coche de San Fernando. Es lo que tiene la privacidad del transporte, que cuando las concesionarias terminan poniendo el precio y las condiciones, lo más probables es que intenten robar un riñón al viajero y sean incapaces de ponerse de acuerdo para un consorcio de transportes que beneficie a trabajadores y turistas, y por ende a empresarios y al bullicioso tráfico de la ciudad. Tal vez les sea rentable por el atractivo que tiene para el turista viajar en autobuses rojos de dos pisos, taxis con corte clásico y metro cuyos emblemas aparecen hasta en la sopa; o por la simple necesidad de quien vive a las afueras de la megalópolis, a veinte kilómetros de la catedral de San Pablo. Por ello no es de extrañar la afición de los londinenses a desplazarse en bicicletas de todo tipo, incluso en días fríos y lluviosos. Desde luego, la de Londres si es una buena adaptación de las calles a este medio, y no las chapuzas españolas de los carriles bici en mitad de las aceras con asfalto rojo resbaladizo.

Hablando de transporte, sorprende la mitificación del metro de Londres. Es sucio, incómodo, vetusto y los vagones estrechos. Pero cuando uno está harto de acordeones, afonías, piezas clásicas facilonas y guitarras raídas, el gusto de músicos excelsos, el sonido importado de Liverpool, la melodía de la guitarra bien punteada, la ausencia de playbacks y micrófonos y el volumen justo, adecuado, beneficiado por la resonancia de los largos pasillos ovalados, impregna a cualquiera, le hace disfrutar, olvidarse de cualquier atisbo de vieja imperfección y le sumerge en una de las mejores salas de conciertos del mundo por tan solo cuatro libras.

De los trenes, prefiero ni hablar. ¡Gloria dan la Renfe y sus Cercanías! El metro, los autobuses, los trenes, las calles, todo se masifica en el mes de diciembre; Londres se cubre de bullicio, luces y bolsas de Marks & Spancer. La Navidad vuelve a todos locos, le entra a la gente una manía consumista exacerbada (que no sé yo si en esta ciudad no dura todo el año). Harrods vende ositos de peluche, chocolatinas, cuadernos y bolsos con su emblema a precio de oro. La enorme tienda se decora con motivos navideños hasta el exceso, que se combina con el repelente estilo victoriano de interior y la música de temporada a la voz de Frank Sinatra para agilizar la fundición de visas y mastercards a cambio de cosas inútiles que regalar.

Cursilerías aparte, Londres es una de las ciudades más cosmopolitas del mundo. Sus habitantes son de los más diversos orígenes: indios, asiáticos, europeos, africanos, británicos, americanos, caribeños, árabes... Y lo más sorprendente, y de lo que tenemos todavía que aprender mucho por el sur de Europa, es que están perfectamente integrados por el simple hecho de que ellos son británicos, son londinenses, han nacido y han crecido allí, están hechos al continuo movimiento de la ciudad. De cajera cualquier tienda puede haber una joven con velo y entre los policías se reparten sombreros de varias clases, entre ellos los turbantes indios. Largos años de imperio británico han hecho, por lo general, mucho mal al mundo, pero mucho bien a Londres.

Tanto mal al mundo, pero tanto bien a una ciudad que disfruta del Museo Británico, templo del saqueo continuado de los exploradores ingleses a lo largo y ancho de la real mancomunidad británica. En él se encuentran repartidas joyas arquitectónicas y escultóricas de distintas partes del mundo, principalmente del viejo imperio británico, y muchos elementos etnográficos que pierden todo su significado y su sentido en las vitrinas lejos de su origen. Para justificar la exposición de todo aquello allí se suele poner la escusa de que de no haber sido resguardado entre las paredes de tan monumental edificio habrían desaparecido. Pero no sé hasta qué punto está justificada la permanencia de todo aquello en el Museo Británico; pienso que los griegos son lo suficientemente responsables y civilizados para saber mantener los frisos del Partenón de Atenas en su sitio, o que los egipcios tienen la capacidad suficiente como para mostrar la historia del Nilo sin que la figura de Ramsés tuviera un mínimo arañazo. Muchas cosas y majestuosas, pero sin significado fuera de su lugar.

Como el Británico, los museos públicos de Londres no cobran entrada. Se limitan a exigir caridad en huchas repartidas por todas las salas de los edificios. Los hay para todos los gustos artísticos, como la Galería Nacional de la plaza de Trafalgar, una gran pinacoteca un tanto caótica en contenidos dentro del orden inglés del edificio, o la Tate Modern, para aquellos que, no como yo, gusten de las rarezas de las mentes modernas dentro de una enorme central eléctrica al otro lado del Támesis.

Pero no son los únicos lugares donde los visitantes acuden en masa. Los turistas también pagan por ver una vieja casa de principios del siglo XX inspirada en las novelas de Sherlock Holmes, hacerse fotos con los famosos de cera del Madame Tussauds, darse una vuelta de 45 minutos en el gran Ojo, navegar por las tranquilas aguas del Támesis o recrearse en la vieja historia de la abadía de Westminster. Muchas cosas se han dicho y escrito de esta joya del gótico inglés, y no voy a repetir las descripciones y las loas de las guías turísticas. Pero sí voy a indagar en el espíritu de la Reforma religiosa inglesa que se respira en el lugar. ¿En qué catedral española hay tumbas que no sean exclusivamente de curas, santos y mecenas? Sería impensable que en la catedral de Toledo fueran enterrados científicos como Charles Darwin o Isaac Newton; o que en León existiese un Rincón de los Poetas con monumentos dedicados a William Shakespeare o el extranjero Georg F. Händel; o que en Sevilla se mantuviese el lugar donde se hizo enterrar un traidor de la realeza como Oliver Cromwell; o que en la Almudena de Madrid se rindiese homenaje al soldado desconocido, más allá de los "mártires" falangistas. Al clero católico se le llena la boca diciendo que el templo es el lugar de reunión de los cristianos con Dios, pero lo tiene vetado al pueblo; cuando un cristiano muere se le cierra las puertas de la iglesia y como mucho tiene derecho a misa en un tanatorio y suelo a pie de una ermita, a no ser que se rediman los pecados con sustanciales sumas económicas que ayuden a levantar otro rico templo dedicado al santo de moda. La Reforma en Inglaterra, más allá de votos, milagros y prebendas, abrió la iglesia a las elites sociales, y con ello a toda la sociedad. Los ingleses supieron ofrecer la religión al pueblo; desde Roma sólo imponer.

Pero todo tiene su contra, y es que combinar abadía y parlamento en un mismo lugar, separados por una sola calle, no deja de expresar lo cerca que se encuentra la Iglesia anglicana de la política y lo difícil que es separarlas cuando la cabeza de la religión está en manos de la suprema realeza británica. Todo en Londres expresa el carácter inglés, la vida, la tradición y la modernidad de una ciudad y un país muy particulares. Porque los ingleses son muy suyos, han preferido mantenerse un poco al margen del continente, acercarse cuando más le ha interesado, cuando no a sus rebelados americanos. Son un pueblo de tradiciones que las ha ido imponiendo allende los mares a quienes no han podido resistirse. Pueden recibir a casi todo el mundo con las manos abiertas y gustarse de juguetear con costumbres ajenas, pero nunca renunciarán a su lengua, a sus medidas, a sus enchufes, a conducir por la izquierda y a su política exterior. Porque es su orden, su lógica, su razón de ser y lo poco que pueden ya exportar al mundo, y porque es su forma de diferenciarse frete a sus locos vecinos continentales y de sus hijos americanos, de los que cabe siempre tener un punto de desconfianza.

Esa cierta desconfianza británica hacia lo que se encuentra más allá de sus tres mares es quizá lo que hace que este pueblo tradicional y obsesivo con lo suyo y su yo legitime el Gran Hermano en que se han convertido las calles de Londres. Desde los atentados de al-Qaida en julio de 2005 hay cámaras por todos lados, porque entre esas obsesiones suyas está la seguridad, y quizá por ello no se ven indigentes por las calles céntricas y comerciales, apenas hay británicos de origen en las noches de Edgware Road y da la sensación de que nada malo puede pasar en cualquier lugar de la magna urbe, por muy masificado o solitario que esté.

Quizá por todo ello Londres es una ciudad que sorprende y fascina. Las largas avenidas de Westminster, las pequeñas calles de Southwark, las plazas poligonales, las viviendas monumentales, los borbollones de gente, gente de todos los orígenes y procedencias, las luces ora excesivas ora escasas, las enormes praderas de rica yerba que allí llaman parques, los taxis, los autobuses rojos de dos pisos, el mind the gap del metro, los gorros de los policías, el desorden dentro del orden. En definitiva, un punto de encuentro del que esperas que lo prestado sea devuelto, pero impregnado de un nuevo aire y un nuevo saber.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Sangría española

El Parlamento de Cataluña acaba de dar el primer paso para abolir definitivamente el éxtasis de sangría y barbarie. Ahora aparecerán los nacionalistas de turno diciendo que lo hacen porque los catalanes son antiespañoles, porque se quieren separar de España, y de esa manera atentan contra la manifestación de españolidad más española. Pues pese a haber nacido y crecido en el centro de la península Ibérica y tener no sé cuántos apellidos hispánicos, perdón por no ser español.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

La función de la escuela a debate

En el siglo XX surge, y en el siglo XXI amenaza con aumentar de manera aún más exponencial, la problemática generada en la función de la escuela entre el antes y el después. La escuela tradicionalmente ha sido la fuente suministradora de información y conocimiento. La función principal que se le ha atribuido a la escuela desde hace milenios es la de educar tanto en el sentido de doctrinar y dirigir como en el de desarrollar las facultades intelectuales de la población ofreciéndoles contenidos, datos, que no se podían adquirir de otra forma por la lejanía y por la precariedad y lentitud en llegar desde otra fuente. Ahora, con la rapidez en las comunicaciones, la masificación de los medios de comunicación y la facilidad con el que se transmite a través de ellos el conocimiento y la información (y desinformación), la escuela ha ido perdiendo paulatinamente la exclusividad la función de educar, y no solamente en términos de adoctrinamiento, sino también, y lo que es más importante, como principal medio de desarrollo de las facultades intelectuales.

Los medios de comunicación suplen en muchos campos a la escuela, y ésta no ha sabido todavía renovarse para adaptarse lo más posible a las nuevas realidades, a la nueva velocidad del cambio social, acelerada por esa facilidad de transmisión del conocimiento. Conocimientos que además se globalizan, pues casi cualquier europeo que quiera aprender técnicas y saberes orientales lo puede hacer con solo pulsar un botón, y viceversa. O puede viajar para conocerlos de primera mano en unas pocas horas.


Aún con eso, la escuela nunca sostuvo el monopolio exclusivo de la educación, como desde muchas posiciones se trata de defender, puesto que la familia y la sociedad mismas son las principales fuentes de doctrina moral frente a la doctrina científica o técnica que presenta la escuela. El problema está entonces en dos vertientes, puesto que los medios de comunicación recogen extractos funcionales de ambos ámbitos y presentan soluciones morales y científicas a partes iguales que despojan parte de las dos fuentes tradicionales educativas con las que compite en un mundo social donde la velocidad, el tiempo excesivamente calculado y a la vez desajustado y las desvirtuaciones derivadas en la mente del niño se acentúan de sobremanera.


Se instala entonces en el debate en sobre cuál es la función de la escuela actual, si el conocimiento que debe impartir debe fundarse todavía en suministrar información continua en base de datos que aporte, o si debe enseñar a manejar esos datos que tan ferozmente y de manera tan masiva legan a través de las nuevas fuentes de conocimiento que son los medios de comunicación como la televisión, la prensa, la radio, Internet o, incluso, las nuevas interrelaciones sociales.

(Crítica del texto ¿Enseñar o aprender?, de Francesco Tonucci, publicado en El País el 8 de enero de 1991.)

lunes, 9 de noviembre de 2009

Desesperaciones en cadena

Hace más de un mes que el barco atunero Alakrana, con tripulación española, procedente de Bermeo, pero con pabellón de Seychelles (por eso de las vistas gordas y las ventajas fiscales), fue secuestrado por piratas somalíes. Treinta y seis días dan para hablar mucho, para que el Gobierno intente actuar, para que los partidos políticos presenten sus cartas y compitan por llevarse la mejor parte del pastel de la opinión pública y para que las tertulias de los medios se llenen de sus vociferadores sin bozal reproduciendo el fax de la mañana.

Pero, entre tanto, todo el mundo se mira su ombligo y nadie se centra en el origen del problema, en el porqué de la piratería, una manera desesperada de conseguir dinero en un país donde no hay nada que comprar. Para intentar evitarlo, desde unos foros se aboga por la intervención militar dura, desde otros, por llenar los barcos de mercenarios, inexpertos, sin formación militar adecuada y engañados para lo que van. Mientras, los familiares, fruto del lógico desaliento (y ahí les entiendo plenamente), exigen cualquier cosa, por absurda que sea, para conseguir que sus allegados vuelvan a casa, como la intervención de la Casa Real como si a los piratas les importase el modelo de Estado nuestro o incluso de qué país son lo secuestrados.

Por su parte, el Gobierno negocia poniendo sobre la mesa dos piratas detenidos, a los que poco importa a sus colegas, porque donde hay hambre y nada que comer no se tiene amigos. En este asunto, mandar a los dos piratas detenidos a ser juzgados a Somalia (más bien a Mogadiscio) es prácticamente enviarlos a la nada. Primero, porque en un país sin Estado se supone que tampoco tenga una justicia ni muy asentada ni muy justa, precisamente; y segundo, porque con cualquier pequeño movimiento político-militar en la zona va a cambiarles su situación, para bien o para mal.

Somalia no existe, no hay un Estado que organice la sociedad ni un Gobierno capaz de asentarlo. Somalia es una tierra que desde hace veinte años se organiza entre señores de la guerra, fanáticos religiosos y millones de personas luchando por no morir desnutridos y matando por sobrevivir. Si existiese el infierno, seguro que sería algo parecido a aquello.

En una situación así, no cabe más que los piratas lo sean por necesidad, que sean gente que se arriesga a cualquier contratiempo con tal de poder llenar el buche cada día. En cuestión de supervivencia el ser humano se convierte en la más terrible fiera, sobre todo cuando no se ha visto más que armas, hambre, sometimiento y fanatismos. Ante eso, de poco vale cargar de mercenarios los barcos y de mandar flotas militares al mar Rojo. Si no se actúa sobre el origen del problema, lo único que se conseguirá es poner un parche que a la larga agudizará aún más un conflicto que va camino de eternizarse y que poco parece importar a Occidente más allá de los peligros que conlleva la explotación de caladeros lejanamente ajenos.

jueves, 5 de noviembre de 2009

La lustrosidad de la vieja piedra

El ojo humano se centra directamente el color claro sobre el oscuro. Hoy las columnas, los grifos y los leones del palacio del Infantado destacan más que nunca. El rojo de las paredes, que substituye al sucio blanco al que estábamos acostumbrados, trata la amarilla piedra con delicadeza, la acaricia con suavidad y la ayuda a relucir más limpia y pulida.

Al principio es impactante para un ojo acostumbrado a tener que forzar la vista para diferenciar lo que es y no pared, pero pronto éste se fija más en las sinuosas tallas claustrales, en los arcos, en el retorcimiento de las columnas, en los grandes ventanales con reja y tragaluces escondidos a pie de los pies, en las vetustas puertas de los habitáculos del palacio, en las improvisadas macetas sin orden alguno y en el suelo de cantos rodados.

La nueva imagen del patio de los Leones del Infantado tuvo su estreno de gala con el Tenorio Mendocino de la noche del viernes 29 de octubre, con un escenario plagado de verdes plantas, dos biombos en rejilla, una mesa de madera de roble y el típico sofá del aposento de don Juan. Además, con toda modestia, el placer lo tuve yo cuando subí al escenario a recitar una breve parrafada en tan margnífico marco. Quizá sea una simple anécdota, pero me tomo la molestia de asomar un poco mi cabeza en la ya vieja historia del palacio del Infantado.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Post scriptum

El nuevo presidente de Caja Madrid será finalmente Rodrigo Rato. El dedo de Rajoy ha decidido. Es la primera vez que en una democracia alguien sin poder toma una decisión que afecta a todos los ciudadanos. Los españoles seguimos dispuestos a inventar una nueva democracia, la nuestra, pegándole patadas a la decisión de los ciudadanos.
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miércoles, 28 de octubre de 2009

De cómo corromper la democracia y volver al mito de las dos Españas

Entre negociaciones y discusiones sobre quién debe presidir Caja Madrid, se está tratando la democracia con una patada en el culo. Claro está que importa más mantener o aumentar su cuota de poder que el dinero de los clientes de la caja y los intereses de los madrileños, dueños al fin y al cabo de ésta. Y todo viene de la lucha por el poder de dos trepas reconocidos de la política, Alberto Ruiz Gallardón, alcalde de Madrid, y Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid. Cada uno quiere poner a su candidato como una forma de ganar sitio para cuando llegue la ansiada sucesión en la presidencia de su partido, ya sea por elección o por dedazo. Entre unas cosas y otras, lo que ahora nos concierne es que, al parecer, ambos están convencidos de que la batalla finalmente la tendrá que dirimir Mariano Rajoy, el presidente de su partido.

Pero vayamos por partes. El consejo de administración de Caja Madrid debe ser elegido por la asamblea, pero en este caso no hay acuerdo entre los asamblearios, encabezados por Ayuntamiento y Comunidad de Madrid, por lo que se les ha ocurrido la feliz idea de que como ambos están gobernados por gente del Partido Popular, ha de ser el presidente de éste quien arbitre, es decir, quien elija en última instancia al presidente de la caja y a su consejo de administración. ¿Pero quién es Mariano Rajoy? No es más que un diputado, líder del principal partido de la oposición; punto. No tiene poder ni está legitimado para tomar decisiones administrativas ni para gobernar más allá de su partido político. ¿Cómo que debe ser Rajoy entonces?

Caja Madrid es una entidad financiera pública que pertenece a los madrileños (de la región y del municipio) y que están representados en su asamblea por los ayuntamientos, la Comunidad de Madrid y las principales fuerzas sociales. No es una empresa del Partido Popular. Si la asamblea no se pone de acuerdo sobre quién debe dirigir la caja, tendrá que ser una institución acreditada y legitimada la que arbitre, o seáse, Banco de España; o sino, antes que cualquier partido político, el Gobierno de España, que para eso tiene el mandato otorgado por el Congreso de los Diputados.

Si finalmente es Mariano Rajoy quien decide, y nombra, al presidente de Caja Madrid, éste carecerá de toda legitimidad porque el presidente del PP como tal no tiene poder de decisión alguno, por mucho que el afortunado sea el mejor de los posibles.

Pero mucho más grave aún es saltarse a la torera la decisión de la ciudadanía a la hora de otorgar poderes, y que sea cualquier diputado quien pueda decidir sobre todos es una sucia forma de corromper la democracia.

Pero es que en este país ya estamos acostumbrados a que el líder de la oposición, se llame como se llame y sea del partido que sea, actúe como si fuera el presidente de media España, de los diez millones (y sus correspondientes familias) que le votaron, asistiendo a asuntos de Estado como tal y ya encima tomando decisiones que no incumben a su partido solamente, sino a la sociedad en toda su amplitud. Este es el verdadero mito de las dos Españas que se dedican a fomentar nuestros políticos.

domingo, 18 de octubre de 2009

(Paréntesis)

Aveces los temas más complejos y confusos no necesitan más de tres líneas para ser explicados. He aquí a Ramón Lobo hoy en su blog, que en un solo párrafo ha expresado magníficamente el doble rasero que sólo puede mostrar ser humano.

"Cada 3,6 segundos una persona muere de hambre o de enfemedades relacionadas con el hambre, pero nadie se manifiesta por ellos, siquiera esta derecha española a la que le resulta más sencillo defender el derecho a la vida de un óvulo que el de quienes están condenados por el sistema económico que patrocinan."


sábado, 17 de octubre de 2009

Elección política de un españolito medio

Los españoles, y me temo que la mayoría de los ciudadanos de los países ricos, tenemos una forma muy peculiar de elegir nuestras preferencias políticas. A priori es sencilla: decántate por unas siglas a las cuales llamarás izquierda o derecha según se diga cada cual y síguelas incondicionalmente, repite su discurso vago y lleno de tópicos continuamente,en las tertulias del bar, en la cola del banco o echando una partida de mus, y berrea y menosprecia al que apoya a las contrarias. Pese a parecer fácil, forjar esta identidad requiere en nuestro país un proceso de evolución desde nuestra adolescencia hasta la madurez.

El curioso hecho comienza a ser consciente desde la edad del pavo, cuando las hormonas empiezan a dar al ser humano una intranquilidad, un deseo de independencia y una bordería traída por la necesidad de comerse el mundo y la boca más cercana. Se produce la primera gran elección que determinará nuestro pensamiento si no toda, gran parte de nuestra vida: rojo o facha. No hay más elección, si se quiere estar en el mundo y en la moda, o se es "anarquista-marxista-comunista-socialista" o se es "fachilla-hitleriano-franquista".

Varios son los elementos que se toman para externelizar la nueva ideología. Si se es rojo, se es republicano y se apoya a CNT, PCE, PCPE, ERC (si se es catalán), Batasuna (si se es vasco), BNG (si se es gallego) o todos juntos, como si fuesen la misma causa y fuesen completamente compatibles. A esas edades, con pocas ganas de estudiar y encima en la ESO da igual los avatares históricos, las luchas y conspiraciones entre unos y otros, los orígenes, etcétera. Pero no vale con cantar "si los curas y frailes supieran la paliza que se van a llevar" (una de tantas que se aprenden por entonces), hay que remarcarlo con estrellas rojas en la mochila, logos de grupos como Reincidentes, Boikot, La Polla Records o Mano Negra (es la música que le debe gustar a buen un rojo de toda la vida, aunque últimamente también se les une Macaco, Muchachito Bombo Infierno o Huecco) [1], peinados extrafalarios, ropa de Floritos, camisetas de los mismos grupos que antes he mentado, una cierta atracción por la marihuana y las litronas de cerveza.
Las fuentes de inspiración son muchas: los padres, los amigos, los padres de los amigos, lo que les haya impactado a los amigos y por lo tanto a uno mismo, lo que esté de moda en ese momento entre el entorno de amigos... Claro, que los amigos también se empiezan a hacer en función de si son rojos o fachas; es como una pescadilla que se muerde la cola.

Si se opta por ser facha, la transformación diaria mañanera no es menos complicada. Se es facha a todos los efectos: se alza el brazo ala aire y se canta el Cara al sol, se emociona uno al ver un pollo negro rampando por el viento, apoya incondicionalmente a la Falange de turno que haya en el barrio o toque por elección supina (inicialmente se desconoce la varidedad de Falanges y se apoya a todas a la vez, aunque realmente se peguen entre ellas) hasta que uno se harta de tanto dedo corazón y se acaba tirando hacia el PP (PNV en el caso de los vascos y CiU en el caso de los catalanes) , que resulta que es Hispania institucionalizada. No pregunte quiénes fueron Goebles, Himmler, Anton Drexler o Gregor Strasser, da igual; Hitler era el líder, Mussolini su lugarteniente y Franco su personalidad en la España nuestra y levantada; con eso basta.
La indumentaria habitual pasa por pulseras rojigualdas , jerséis con rivetes rojigualdas, polos con cenefa en cuello y puños rojigualdas, citurón rojigualda, calcetines blancos con dos rayas rojas y una amarilla en entre ambas, crucifijos rojigualdas... Cualquier cosa es válida si permite mostrar lo buen español que es uno. Porque ser buen español significa llevar la bandera grabada hasta en la bragueta, cantar el Cara al sol, gritar viva España (o arriba, según se dé), ir a misa los domingos (si se puede uno levantar de la cama) y votar al PP (CiU o PNV, según casos). Ser buen ciudadano y respetar y trabajar por los demás españoles da igual; eso si son españoles y no catalanes o vascos o rojos, o todo junto, que no son españoles sino escoria. Puede aplicarse del mismo modo si se es catalán o vasco, solamente hay que cambiar los colores de los trapos nacionales.
La inspiración viene del mismo lado que los rojos, solo que esta vez los avatares de la vida les ha llevado a la elección correcta y no al grave error de esos guarros desarrapados.

Cuando ya se tienen diecisiete o veinte años ya no se es rojo o facha, se evoluciona a "de izquierdas" o "de derechas". Algunos comienzan a militar en esos órganos de adoctrinamiento y comida de seso de los partidos políticos llamados comúnmente juventudes. A algunos otros les da por estudiar y a otros, los más, por buscar trabajo en cualquier lado. Esta fase apenas afectará a la potenciación del sentimiento ideológico, únicamente que los primeros buscarán bien formas de explicar la ideología (los menos), bien formas de justificarse con argumentos vagos, pobres, falaces y fáciles de llevar a la masa (los más). Los segundos seguirán embruteciéndose merced a los primeros.

Llegada la madurez ya se es de izquierdas o de derechas, o séase, del PSOE (con pequeñas excepciones, reminiscencias de la juventud) o del PP (CiU si se es catalán o PNV si se es vasco). Pero aveces la madurez también lleva a la posibilidad de un cambio. Se puede pasar de militar en grupos maoístas y tirar cócteles molotov en las manifestaciones contra la policía a presidir organizaciones ultraliberales, o de ser una prolífica joven promesa del neofascismo europeo a un autoconvencido marxista. Aunque siempre queda algo de lo vivido, todo marca de cierto modo.

España es un país en el que no importa lo que digan los partidos. Nos acostumbramos a un discurso que seguimos incondicionalmente, que acatamos o despreciamos según venga de mi partido elegido o del prófugo hereje. Casi nadie se ha parado a pensar si lo que divulgan los políticos por sus bocas es lo que realmente uno cree que es mejor, menos bueno o peor, si hay otras alternativas, si se puede mirar de otra manera. En fin, nadie se ha parado a hablar con los clásicos, ver la historia, discutir consigo mismo, forjar un pensamiento propio independientemente de lo que divulguen los políticos de turno porque actúe bajo unas siglas determinadas. Lejos quedan las teorías de la democracia de Joseph Schumpeter o Anthony Downs, entre otros muchos, por las cuales los partidos aclimatan su discurso a los deseos de la gente. Más bien, los partidos buscan los intereses de los suyos y convencen a la gente con lo que quiere oír para que le voten. Un verdadero círculo vicioso que adormece a las masas y viene muy bien a los poderosos para mantenerse en la cúspide aún trabajando mucho cual oligarcas y no tanto por los ciudadanos.

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[1] Perdón por mentar a todo estos grupos musicales. No es mi intención devaluar su trabajo (todo lo contrario), sino reflejar una realidad social.

sábado, 3 de octubre de 2009

Olimpismo geopolítico

Pocos dudarán a estas alturas que los Juegos Olímpicos más que un evento deportivo es un acontecimiento social y un símbolo político, y más viendo el despliegue diplomático de la última elección de sede. Que unos Juegos Olímpicos hubiesen ido a Estados Unidos, sobre todo tras la muestra de soberbia y prepotencia mostrada por Barack H. Obama y esposa pretendiendo que con su sola presencia de 59 minutos en Copenhague los miembros electores del COI se convenciesen para votar por Chicago [1], hubiese sido una vuelta a la expansión del gran imperio americano en contra de toda lógica de la realidad actual. Unos Juegos Olímpicos bien aprovechados suponen un empujón fundamental para el desarrollo de una ciudad y de un país, como se mostró en el caso nuestro de Barcelona [2]. La ciudad cambia radicalmente y el país se puede convertir en un centro importante en su región si consigue mantener la atención del mundo y la fortaleza que da ello. Río de Janeiro y Brasil están llamados a convertir estos Juegos de 2016 en su rampa de lanzamiento definitiva hacia su nueva situación en el mundo del siglo XXI.

La elección de Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos de 2016 supone la reafrmación de la nueva situación geopolítica del mundo, en el que la superpotencia imperial ya no maneja el mundo a sus anchas, sino que aparecen nuevos grandes actores capaces de disputarle regionalmente ese dominio. Primero fue China, ahora Brasil y probablemente Rusia en 2020, unidos a Sudáfrica con su mundial de 2010, y quién sabe si pronto India, Argentina o cualquier otra potencia emergente. El mundo cambia a pasos agigantados y es la hora de las grandes potencias regionales, de un reequilibrio de fuerzas que a mediados de los 90 parecía imposible [3].

Lula da Silva, un tornero sin alma máter, hijo de humildes trabajadores, ha sido capaz de convertir un desastroso país, empobrecido y a punto de la revolución social, en uno de los ejes en los que se moverá el mundo en este siglo XXI. Queda demostrado que Estados Unidos ya no lo puede todo; Obama tampoco.

Felicidades, Brasil. Felicidades, Mundo.

(Foto: El País)
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[1] Más bien, consiguió el efecto fue el contrario. Desde los nefastos Juegos Olímpicos de Atlanta de 1996 (entre los éxitos Barcelona 1992 y Sídney 2000, para más señas) y las corruptelas de los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City de 2002, Estados Unidos no está bien apreciado por el Comité Olímpico Internacional, y la muestra de soberbia prepotencia ayudó a que los electores que dudasen entre "Chicago sí" y "Chicago no" se inclinasen finalmente hacia la segunda opción.

[2] Bien es cierto que no se puede achacar el desarrollo sólo a ésto, los Juegos Olímpicos de Barcelona sí contribuyeron en buena medida para dar un último empujón a que España se afirmase como una potencia media y dejase de ser un país aislado, sucio y carca, del sur de Europa (casi África) como había sido hasta entonces.

[3] En parte hay que dar las gracias al cowboy George W. Bush, que con su política impositiva belicista dio pie a que nuevas potencias se revelasen contra el Imperio.